Apeiron Romero
06 de febrero de 2017
El internet ha hecho cosas
maravillosas, nos ha permitido llegar a lugares que no conocíamos, tener
contacto con personas con las que quizá nunca imaginamos tenerlo. Hace más fácil
conseguir cosas que antes nos hubiera costado mucho trabajo obtener y es aquí
donde quiero hacer un poco de énfasis. Al margen de la música que podemos
conseguir de manera sencilla con un solo click, o los libros, o los comics, la
verdad es que uno de los factores que más se potencializó con el desarrollo del
internet fue la pornografía. No es un secreto para nadie que el morbo provocado
por nuestra naturaleza voyeur ha impulsado la pornografía de múltiples manera,
en la escultura, la pintura, con la literatura erótica, etc. Pero con el
advenimiento del video todo eso se elevó a alturas insospechadas. Y aunque no
tengo ningún inconveniente en aceptar que el internet ha hecho más sencillo
acceder a pornografía y eso nos ha vuelto consumidores más ávidos de ese producto.
También le ha quitado un poquito la excitación propia del fetichismo. El tema
que voy a tocar lo más probable es que
sea totalmente desconocido para toda una generación. Así que me enfundaré en mi
traje de abuelito, enfocaré mis espejuelos y empezaré con el clásico… alguna
vez:
Los hombres en ese entonces
jóvenes, necesitados de observar escenas de sexo, arrastrados por el ímpetu
sexual de la adolescencia (que se mantiene cuando por fin logras tener sexo,
pero que sin lugar a dudas no es igual que cuando el solo roce del pantalón
provocaba erecciones) íbamos con cierto pudor recorriendo puestos del tianguis
donde un hombre barbudo y de apariencia descuidada (es decir no es como los
barbudos actuales, todos cuidaditos hípster), te realizaba el ofrecimiento de
llevarte una película porno. Llevar a tu casa una caja con una cinta magnética,
con la única intensión de esperar pacientemente el momento de estar solo,
ponerla en la videocasetera, y empezar el automanoseo, siempre con el constante
peligro de que alguno de tus hermanos, o tus papás te encontraran con tu pene
en la mano y la cara tan lívida como el resto de tu cuerpo, era un asunto que
nos hacía ver ante nuestros propios ojos como los más osados capitanes de
barcos piratas, tan piratas como las películas mal grabadas que nos llevábamos del
tianguis a la santidad del hogar.
Y repito, todo era una cuestión
de fetichismo, tener la película no era dar un click en porntube o alguno de
esos sitios, era poder guardar en lo profundo de tu habitación algo que te
hacía especial. Conozco a personas que se volvieron populares por su mercadeo
de cintas porno en la secundaria y a principios de la prepa. Notables chaquetos
que te podían conseguir la fantasía heterosexual o lésbica que quisieras, mujeres
latinas, negras, rubias, pelirrojas, o rubias con raíces negras (y no me
refiero a las culturales sino a las del pelo), era un tráfico aparentemente
poco menos nocivo que el que se sostenía con el pachequillo de la cuadra que no
iba a ninguna escuela (cosa terrible en ese entonces para nosotros por cierto),
pero igual de intenso. Recuerdo que a veces se realizaban competencias en las
que el que pudiera eyacular primero ganaba. Y todo auspiciado por esos trúhanes
que tanto bien le hacían a nuestra desbordada libido.
Sí, entiendo que parte de la
evolución de la humanidad depende precisamente de la manera en que conseguimos
las cosas, quizá si lo único que hubiésemos inventado fuera el fuego pues lo utilizaríamos
para ver cómo los otros tienen sexo, pero hemos avanzado hasta poder ver a
parejas teniendo oras sí lo que llamamos la bonita relación setsual al alcance
de un mouse, sin embargo los VHS son parte de la memorabilia de un mundo que
cada vez se va volviendo viejo más rápidamente y nosotros con él. ¡Ay Jena
Jameson! cuánto bien le hiciste a la generación VHSEX.
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