Apeiron Romero
06 de febrero de 2017
Frecuentemente nos equivocamos a
la hora de interpretar ciertos conceptos, a mí me pasa muy seguido, no soy muy
meticuloso a la hora de analizarlos y me doy tremendos tropezones
constantemente.
Uno de esos conceptos es el de la
autoestima, y es que no me queda muy claro. Veamos: la autoestima, como su
nombre lo indica, se refiere a la ponderación, o medición de lo que nosotros
somos. Sí tienes una buena autoestima querrá decir que tienes una buena imagen
de ti mismo, por el contrario una baja autoestima implica que tu imagen frente
a ti mismo es muy mala, consideras que haces las cosas mal o que no puedes
hacerlas. Sin embargo, la autoestima es un buen juego de engaños, es probable
que la estima que tenemos de nosotros mismos esté equivocada, conozco personas
que creen que son capaces de cosas que en realidad no pueden lograr, hay un
autoestima exagerada a la alza podríamos decir, esas personas podrán navegar en
su barquito de autoempoderamiento y eso estará muy bien, al final de cuentas
mucho de lo que logremos hacer se deberá a que nos convenzamos de que es
posible hacerlo. Aquí habrá que pensar en todos aquellos posteos de Facebook en
los que mediante consejos fáciles, la gente intenta provocar que los demás
logren sus objetivos: ¡Bien, adelante! El mundo es tuyo. Pero qué pasa si con
todo ese entusiasmo del que eres capaz las cosas no resultan, ¿la imagen de ti
mismo sufriría un terrible colapso?, si no logro lo que quiero, por ejemplo,
ser un modelo de pasta dental porque tengo unos dientes horribles, tendría que
hacer desde luego aquello que es necesario para componerlo, pero si a parte de
dientes horribles no soy muy guapo… ¿qué pasa?, desde luego la idea de
perseguir tus sueños, de hacer las cosas a pesar del constante fracaso es muy
buena, pero si de verdad no tomas en cuenta tus posibilidades reales te vas a
dar contra la pared (Una víbora por más que intente no podrá contar con los
dedos pues). Una autoestima sana no es la que exagera en sus horizontes, es la
que está bien ubicada en su realidad.
Por otro lado, lo contrario es
también una tragedia, tener una capacidad oculta porque no sabes tus alcances
reales es terrible, conozco personas que pueden llegar a ser los mejores en
cosas que ni ellos mismos sospechan, que por protegerse del desencanto
prefieren no arriesgar o intentar hacer cosas porque no se creen capaces. Tener
una autoestima a la baja desde luego que te puede proteger porque no te
desilusionarás, pero la protección no te lleva a ningún lado.
El problema me parece más
complejo que un asunto de memes en internet. Yo en lo particular creo que la
estima de alguien es también un constructo social. Es un contrasentido porque
si tu autoestima depende de otros pues no es autoestima, ¿no? Lo que yo creo de
mí puede estar equivocado, pero lo que otros crean de mí también. Ambas cosas
construyen lo que somos, lo cual me sigue pareciendo terrible. Yo en lo individual
creo que ambas partes coincidimos en mi persona, yo creo que no sirvo pa’ nada
y parece que la gente a mi alrededor piensa similar. Y no me estoy tirando al
piso para que me levanten, es así, creo que mi autoestima es más bien un
autogol, una anotación en contra. Si fuera Edipo no me arrancaría los ojos por
inútiles, me cortaría las piernas porque igual nunca van a ninguna parte. Habrá
que tomarlo con bonhomía, habrá que intentar hacerlo mejor… ya sé que no valgo
un carajo, ahora que da remontar para ver qué tanto puedo llegar a valer.
Antes de irme a escuchar unas
rolas de Cuco Sánchez para recordar con su Blues ranchero que todo está de la
chingada. Les reproduzco, sin autorización pero con todos los créditos debidos,
un poema de unos de mis escritores favoritos: Ricardo Castillo. Disfrútenlo por
favor.
AUTOGOL
Poema de Ricardo
Castillo
Nací en Guadalajara.
Mis primeros padres fueron Mamá
Lupe y Papá Guille.
Crecí como un trébol de jardín,
como moneda de cinco centavos,
como tortilla.
Crecí con la realidad desmentida
en los riñones,
con cursilerías en el camarote
del amor.
Mi mamá lloraba en los resquicios
con el encabronamiento a oscuras,
con la violencia a tientas.
Mi papá se moría mirándome a los
ojos,
muriéndose en la cama lenta de los
años,
exigiéndole a la vida.
Y luego la ceguez de mi abuelo,
los hermanos,
el desamparo sexual de mis
primas,
el barrio en sombras
y luego yo, tan mirón, tan
melodramático.
Jamás he servido para nada.
No he hecho sino cronometrar el
aniquilamiento.
Como alguien me lo dijo una vez:
Valgo Madre.
El pobrecito señor X.
La oruga, 1980
No hay comentarios:
Publicar un comentario