martes, 7 de febrero de 2017

Feita

Apeiron Romero
07 de febrero de 2017
Muchas veces tener fe es una catástrofe. Al final de cuentas tener esperanza frecuentemente nos lleva a una terrible frustración al ver que aquello que deseamos no sucede. Cerrar los ojos bien fuerte para solicitar a Dios o al Universos los favores que necesitamos para que todo salga bien, continuamente se traduce en cerrarlos como cuando esperas el inevitable golpe que inminentemente recibirás.
La fe en un principio era un asunto cuasi filosófico, nunca ha habido mucho de racional en ella, pero creer en algo era una manera de poder explicar, de poder describir cómo se estructura y emerge el mundo a nuestro alrededor. Cuando esa idea, más relacionada con la imaginación que con la razón, es compartida por más gente, entonces podemos decir que compartimos la misma fe, el mismo credo, la misma creencia. Pero hay otras formas de creer, otras formas de ver el mundo, y entonces muchas veces explotan los encontronazos entre distintos tipos de fe. La historia de la humanidad está repleta de guerras entre gente que cree, que tiene fe, en que el mundo se maneja de una u otra manera. Esas guerras, como todas o casi todas, son pura estupidez, miedo a no tener la razón de nuestro lado, pavor de que aquello en que construimos nuestra idea de mundo sea falso. Para muestra, el botón del pánico que causa en algunas personas los que profesan otra fe. Hoy en día hasta una orden para evitar que personas de credo Islámico entren a Estados Unidos se emitió por parte del POTUS (President Of The United States).
Así, aunque la fe sea muchas veces inconveniente, es un mal inevitable, tal y como lo cuenta el mito de Pandora: Después de que por medio de engaños Prometeo regala el fuego a los seres humanos, Zeus, en busca de venganza en contra de la humanidad,  le ordena a Hefesto forjar una mujer que luego serviría de regalo para Epimeteo (hermano de Prometeo). El regalo llevaba, además, una pequeña vasija con una prohibición, nadie debería abrir la vasija. Pandora era curiosa, no pudo resistir las dudas que la asaltaban y abrió finalmente la vasija. En aquella vasija se tenían contenidos todos los males de la humanidad, al dejarlos libres fueron a aquejar a todos los seres humanos. Todos los  males se fueron menos uno que no logró salir: la esperanza.
De ahí que se diga que la esperanza es lo último que se pierde, pero también la idea de que la esperanza, la fe, es un mal. Creer que las cosas se van a solucionar frecuentemente es la cuna de los dolores más infaustos… Sin embargo vale la pena: la fe es también la posibilidad que se nos presenta para poder seguir, sin ella no habría acción posible y nada cambiaría, todo quedaría estático. La fe nos lleva al error pero también al acierto, a la chiripa quizá, pero a fin de cuentas a lograr frecuentemente lo que queremos.
Hoy se cumplen catorce años de la muerte de Augusto Monterroso. Él en una fábula nos cuenta que cuando hay un derrumbe es porque alguien tuvo un pequeño asomo de fe, eso es terrible, pero hermoso a la vez. Hay veces que a uno le dan ganas de ser el tonto que aún cree. Los dejo con la fábula de Monterroso.

La fe y las montañas
Autor: Augusto Monterroso
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.


La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

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