Apeiron Romero
08 de febrero de 2017
No importa qué tan ducho seas
manejando un arma, siempre tiene un doble filo: uno pa’l enemigo, otro pa’ ti.
Y si queremos ser letales podemos
hacer que una herramienta se convierta en un arma. Con el mismo doble filo,
pero a final de cuentas un arma. La pregunta es una herramienta que utiliza la
filosofía, quizá la más útil. Sin ella las inquietudes que se presentan en
nuestro intelecto no podrían ser resueltas, ya que la pregunta es la forma lingüística
en la que podemos expresar dicha duda. Imagínense qué pasaría si no hubiera
preguntas, si tuviéramos que quedarnos con esa inquietud sin tener la
posibilidad de compartirla con alguien que pueda darnos una respuesta o bien,
compartir con nosotros esa inquietud con intención de movilizar nuestra razón
para encontrar una respuesta, de por sí es difícil establecer relaciones con el
otro, más si no hubiese ese puente lingüístico llamado pregunta. Sin lugar a
dudas la pregunta es una estupenda herramienta, pero como ya hemos dicho una
herramienta también es un arma.
El problema de la pregunta es que
siempre requiere una respuesta, es inquirente, incisiva, unas más que otras,
pero todas tienen como finalidad ser respondida. Y el problema es que dicha
contestación podría no ser solo una, pueden ser varias. Si la pregunta es
simple y directa pues podemos transitar fácilmente con ella, dos más dos es un
valor equivalente a cuatro, claro eso si el “Gran Hermano” está de acuerdo sino
que sean cinco o diez o lo que él quiera. Pero si la pregunta tiene muchas
posibilidades resulta más riesgoso, es arriesgarse a dar una opinión, no una
respuesta determinante y clara. Desde luego que podemos recurrir al silencio,
no hables, no te muevas, no respires, no digas nada de lo que no sabes… el
problema es que el silencio puede delatar tus verdaderas creencias. Si te
preguntan si tu hermano compró aquella revista pecaminosa que encontraron en el
baño ¿qué responder?: sí es de él; no; no sé; de qué pinche revista me hablan;
o simplemente dejo que el silencio hable expresando o que es de mi hermano y lo
estoy solapando, o que es mía y prefiero evitar la regañada.
La pregunta es un arma porque la
bala se llama respuesta. Si la respuesta es mentira te puede ir mal, si la
respuesta es verdad… también. Por ejemplo, si la respuesta que das es honesta y
cristalina lo correcto es que salgas bien librado, pero no sucede si quien te
pregunta tiene ya la respuesta que debes dar en mente: No señor, yo creo en
Huitzilopochtli y no en ese Jesús del que habla y que los mando para que creyéramos
en él a la fuerza; Sí señor estamos realizando juntas disfrazadas de tertulias
para derrocar al gobierno de los gachupines files a Pepe Botella; De hecho no
es un monumento a su victoria en forma de caballo, sino un ingenioso engaño
para tomar la ciudad quemarla y quedarnos con lo que se nos dé la gana; fíjense
que no estoy muy seguro de qué gané, por eso mejor hay que centrarnos en
combatir el narco porque necesitamos estar unidos; oh sí, estoy mirando a tu
novia y qué, no tengo nada que decirte, ella me gusta y yo a ella también, oh
sí y qué (Babasónicos dixit); son ejemplos de respuestas honestas y cristalinas
que podrían hacernos tener un resultado nada decoroso.
Sí, la pregunta es peligros si la
respuesta es manipulada por enemigos o amigos caprichosos a los cuáles debes
responder lo que ellos piensan, no lo que tú consideras. Pero como se dice al
principio de este texto, la pregunta, como buen arma, tiene un doble filo, el
otro nos beneficia. Si la filosofía ha hecho uso de ella es también porque nos
guía, porque nos libera. A Sócrates la preguntadera lo hizo ganarse mala fama,
pero también lo hizo librarse de la ignorancia que padecían los aparentemente más
sabios, a Freud le permitió develar la utilización de la sexualidad para
permitir la represión de la misma, a Nietzsche le permitió ridiculizar las ridículas
pretensiones de personas que nos aferran a sus valores porque tienen miedo que
al cambiarlos el mundo los deje atrás, a Marx le permite describir cómo los
poderosos utilizan todos los medios posibles para mantener a los explotados en
esa condición, a la escuela de Frankfurt le permitió a plantear que frecuentemente los
discursos revestidos de Razón son embustes que ocultan la barbarie.
La pregunta compromete, reprime.
Pero también libera, expande la mente para poder acercarnos a esa cosa que
llamamos verdad. Esto viene a colación porque ayer se conmemoró la instauración
de la inquisición en América, y vaya que ha dejado escuela en, por ejemplo, la
justicia de este país, pero también porque en los momentos que vivimos ser
críticos y preguntarnos si lo que nos dicen es cierto, resulta una necesidad ¿No
creen?
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