miércoles, 8 de febrero de 2017

Varonilidad

Apeiron Romero
08 de febrero 2017
Soy un veedor consuetudinario de las películas viejas del cine mexicano. Soy de esas clásicas personas que se saben los diálogos (y los recita) cuando Pedro Infante va y visita el panteón en busca de la tumba de su abuela encarnada por Sara García (advierto: no encarna la tumba, encarna a la abuela… se entiende ¿verdad?), o que canta junto con Jorge Negrete toda la banda sonora original de ¡Ay Jalisco no te rajes! En la que el charro de Guanajuato encarna al ametralladora. Ni modo qué hacer, soy un pelele que le gusta la repetición porque en ella se siente seguro, no hay cambios, no hay nada que impresione, y me sigue gustando. Algo así como ver una y otra y otra y otra vez el Chavo del ocho. Sí, soy como muchos mexicanos.
Por lo anterior quizá también comparto clichés y prejuicios muy variados sobre los cuáles se ha erigido esa cosa que llaman “identidad nacional”. Esto podría ser ampliamente discutido sobre todo si se es quisquilloso, pero para evitarlo concédanme que hay una caricatura que identificamos con lo mexicano y es a esa a la que me refiero. Lo demás de lo dejo al Samuel Ramos, el grupo Hiperión u Octavio Paz, quienes pueden dar mayor luz al respecto.
Yo me concentraré en una válvula de escape en específico: si el hombre mexicano es considerado el prototipo de una persona con imagen varonil (y para muestra está Juan Gabriel), tendremos que aceptar que entonces como ese concepto lo indica es osado, es arriesgado, no tiene tiempo para estar llorando a menos que la situación sea tan grave como la pérdida de una figura materna. Porque eso sí, la figura paterna dolerá, pero en honor a la masculinidad compartida por padre e hijo, el vástago no llora, pero si la que muere es la madre, la partida de la figura materna pone al Hombrazo aquel en contacto con su lado femenino y llorará. Pero repito, los hombres no lloran, esa actitud es femenina y por lo tanto denigrante de la imagen del hombre. Pero ¿qué puede hacer este charro negro por soportar los intensos avatares (¿o abateres? de abatir) de la vida? Tiene al menos dos opciones: tomar con fuerza sus testículos, posteriormente arremangarse y seguir plantando frente a la vida como si fuera un toro de lidia (imagen poética pero falsona porque a un toro lo burlas, a la vida se le enfrenta según la ética hombruna mexicana), o darse un respiro, un pequeño momento, y entrar a una cantina a recibir los consejos del alcohol que todo lo calma: soy tan macho, tan macho que necesito alcohol para llorar.
Pero no todo es tragedia en la masculinidad mexicana (aunque a veces parece que el melodrama de la identidad nacional recurre a este sino terrible constantemente), el muchacho joven y arriesgado también es alegre (como en la canción), la vida se vive intensamente, es para gozarla con mujeres, claro que no sean niñas buenas, o mejor dicho bondadosas, porque buenas… buenas pos sí. Pero me refiero que no deben ser aquellas que compartan las virtudes necesarias en la buena mujer mexicana: la virginidad y la posibilidad de ser una digna madre, total que el mexicano quiere ayuntarse formalmente con la virgen de Guadalupe. Pero repito, aparte de ser un Don Juan burlador, el mexicano recurre… sí, al alcohol para sentirse alegre, y otra vez la cantina es el refugio adecuado para darle escenario a la pasión del hombre prototípico del mexicano.
Yo crecí sabiendo eso, vi muchas veces como la cantina era un lugar en el que yo podría entrar desde pequeño acompañado de un adulto, pero no había mujeres, ni otros menores solos, ni uniformados, ni ensotanados, la cantina antes (es decir antes de esta intensa campaña Pro la liberación de los vicios para las mujeres)  era un espacio masculino. En ellas pasé mis más sórdidas historias, mis peores caídas y mis mejores momentos de autoridiculización que me encumbraron mientras estaba borracho, y me dejaron caer en la soledad de mi cama, porque la orfandad de toda gente es un signo de la cruda, rasgo inequívoco de aquel que no es suficientemente hombre.
He dejado de asistir a ellas y quizá he dejado de ser un poco o mucho ese hombre mexicano. En realidad me di cuenta que los parroquianos que se dan cita en las cantinas no corresponden a esa imagen que he relatado. Son más bien viles, encarnan esas características que deploran por que las consideran femeninas (feministas recalcitrantes noten que dije “las consideran”): el chismorreo digno de los lavaderos antiguos, la lloriqueadera (diferente al llanto hondo y sincero), el refugiarse cobardemente del mundo para apendejarse y figurarse que es distinto, el embrutecimiento acompañado del alcohol y los deportes (el cual comparto pues, no me he deslindado de nada), el colonialismo de pensar que es un espacio de poder del “Señor” tipo Pedro Páramo.  
No, no reniego de ellas, simplemente las dejé de frecuentar. Las disfruto cuando voy con Ella, cuando me acompañan mis amigos (El Doc, Los tomatitos, El borre, hasta una fugaz aparición de J Herbert), pero ahora prefiero que me sean lugares exóticos, no mi ecosistema habitual.

Nota: dice “Varonilidad” porque me parece que su alusión al arrojo y valentía, es más pertienente que “Virilidad” que me suena a simple botana hecha de pene de toro. Gracias por su atención.

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