Apeiron Romero
14 de febrero de 2017
El miércoles de la semana pasada
escribí el filosofema más reciente, el tema del mismo giraba en torno a la
figura de la masculinidad tradicional que tenemos en este país. Me quejaba en
específico de la cantina como escenario falso en el cual la hombría podría
tener válvulas de escape manteniendo intacta la honra varonil. Pues bien, parece
que la crítica me costó cara.
Como si el universo conspirara
(como siempre en mi contra), de pronto el espíritu de la masculinidad
tradicional mexicana tomó cruda venganza: luego de terminado el filosofema cené
deliciosamente en deliciosa compañía, y un escalofrío recorrió mi espalda. No le
di importancia, me duché y sentí mucho, mucho frío. Llegué a mi cuarto, me cubrí
con una playera, un pants, unos calcetines dos sudaderas, me recosté y aun así
el frío me tenía castañeando los dientes un temblando más que cuando veo mi
cartera. Definitivamente algo no andaba bien.
Al otro día a pesar de mi
insistencia el cuerpo no me respondió, no pude ir a la chamba porque de plano
entre el mareo cada que me ponía de pie y el dolor de cabeza cada que
respiraba, no había posibilidad de charlar con mis compañeros en una junta que
para nosotros resultaba importante. Me caga pedir favores en mi trabajo pero ni
modo, el cuerpo había dicho su última palabra: no vas.
Es una gripita nomás, me dije, y
sabía que con tecitos y descanso todo estaría mejor. Soy de esas personas que
tienen como cualidad saber esperar y la puse en práctica. Pero nada, paso medio
día y nada, tardaría más de lo esperado supuse. De pronto oí un a voz que desde
lo alto y fuera de mi decaimiento me dijo: Oscar por favor llama al Pablo (mi
doctor) y dile que si te puede atender hoy. ¿Qué? Molestar al médico por una
gripita, pensé, claro que no, esto lo cura hasta un Dr. Pepper, no, no lo voy a
hacer. Desde luego que no fue lo que
respondí, dije algo como: no amor, no es para tanto, seguro con una dormidita
más se me quita. Ella tomó mis manos, me miró fijamente a los ojos y
tiernamente me dijo: Ni madres, tú siempre minimizas todo, en realidad te ves
muy mal y no quiero que empeores, por favor mándale al menos un mensaje y pregúntale
qué hora tiene libre. El argumento fue contundente, el Doctor me recibió a las
ocho.
Luego de una revisión me informó
que tenía una infección, no hay tantos elementos para saber la gravedad, pero
sí me vio pálido y le preocupé. Me mandó hacer análisis y me recetó. Lo demás
creo que se lo imaginan. Hasta hoy he mejorado pero aun no del todo, puedo
trabajar pero con sus reservas. Sin embargo lo que se me develó fue
precisamente lo que me dijeron los dos: yo soy un hombre que no fácilmente acepta
cuando está enfermo.
El crítico del machismo mexicano
es ni más ni menos que uno de sus representantes. No es sencillo para mí
aceptar las debilidades de mi sistema inmunológico, el mío debe ser el de un
verdadero hombre, a prueba de todo, genéticamente diseñado para comer balas y
todavía ponerles chile piquín sin que me pase nada. No puedo permitirme ser un
llorón mariquetas que se siente mal, menos ante una familia que va a preocupar
si se entera que una minucia me está apretando poquito el zapato, no puedo
chillar por un pequeño callo, ¿cómo voy a dejar que Ella piense que no soy un
charro negro lo suficientemente fuerte para protegerla? Si me aguanto un
poquito y cierro los ojos todo pasará… y ¡madres! No es cierto, soy tan frágil
como cualquiera y si cierro los ojos eso no evita que pasen cosas malas, es
como cubrirme hasta la cabeza con las sábanas en la cama para evitar que los
fantasmas me hagan nada… ¡con unas pinches sábanas!
Eso es parte de mi cultura, de
esa que critico pero de la que soy parte, de la que tengo el deber de cambiar,
hasta los Conan Bárbaros nos enfermamos. Lo conducente es ir a que alguien que
sí sabe te ayude a mejorar y sin problemas. Los hombres, así como las mujeres,
tenemos un montón de riesgos que es importante reducir: nos enfermamos más que
ellas y morimos en promedio cinco años antes que ellas. Todo esto me pasa
precisamente en Febrero, mes de la cultura de la salud del hombre promovido por
el issste.
Aun no estoy tan bien, pero no
hay de otra, tengo que cuidarme, puedo perder muchas cosas no quiero: puedo perder mi alegría, mi
trabajo, a Ella, lo que hago todos los días y me divierte, vaya, hasta dejé de
escribir filosofema. No queda de otra, cuidarme y seguir trabajando.
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