Apeiron Romero
20 de febrero de 2017
En los siguientes dos filosofemas diré lo que entiendo de
las marchas, de las manifestaciones en que los ciudadanos se reúnen para
mostrar su fuerza y su unidad.
Val la primera parte:
Marcha exaltadora
Recuerdo que cuando era niño (hace mucho, mucho tiempo) no
entendía muy bien por qué el día del trabajo no se trabajaba ¿le dábamos un día
de descanso al trabajo? De cualquier forma no dejaba de disfrutar de no ir a la
escuela, no pensaba en tareas, ni en trabajos, ni en levantarme temprano, mucho
menos iba a ponerme a pensar en los mártires de Chicago. Así que para mí el día
del trabajo sólo implicaba la posibilidad de descansar, además, era un día de
ver a mi papá. Mi padre trabajaba en una ciudad relativamente cercana al lugar
donde vivo, pero el perfil de su trabajo difícilmente le permitía ir a la casa
todos los días, de hecho sólo veíamos el fin de semana. Pero el día del trabajo
aprovechaba para ir a vernos, sólo que “a veces”. Lo que pasa es que México era
otro, el día del trabajo se aprovechaba para celebrar a uno de los factores
revolucionarios y progresistas del país: el sector obrero, representado en ese
entonces por el casi imbatible, o mejor dicho inevitable Fidel Velázquez. Así
que de vez en vez, a mi papá, quien trabajaba en el sector público, le tocaba
ir a hacer marcha donde le dijeran para mostrar el músculo de los trabajadores
mexicanos. Huelga decir que la marcha no era representativa de un movimiento
obrero organizado y con conciencia de clase, era algo que tenías que hacer
porque te lo mandaban de tu chamba, era la marcha por exaltar valores que no
estaban ahí, por enaltecer la figura de un hombre fuerte, que hace tiempo que
ya era pura cascarita.
Marcha chantajista
Otras marchas que también eran muy frecuentes en aquella
década de los ochenta, eran las marchas en que asociaciones de aparente y a
veces evidente cuño popular, exigían al gobierno por mejores situaciones de
vida, por ejemplo: permitirles adueñarse de las calles un día sí y otro también
con el fin de tener un lugar donde vender humildemente la mercancía que fue
robada hace apenas un par de noches, o que les permitiera seguir viviendo a
partir de ayuda gubernamental tan pequeña que no serviría para invertir en nada
(ni en poner un negocio, ni un taller, ni sembrar, ni nada parecido), pero que
funciona para vivir un mes en lo que les entregaban el dinero del mes
siguiente, de esa manera podrían seguir jodidos, pero vivos (a costa del erario
que, dicho sea de paso, ya era suficientemente saqueado por los políticos a
quienes se hacía el chantaje), también había aquellas marchas en las que los
sindicatos más grandes y con líderes más charros, solicitaban mantener y
aumentar sus prestaciones.
Sobra decir también que no eran exactamente marchas realizadas
por el pueblo organizado, era otro despliegue escénico en el que miserables
eran guiados como corderos, por lobos que no se los comerían, sino que
seguirían aprovechando su lana por mucho tiempo. Eran lumpen exigiendo que los
verdaderos trabajadores los siguieran manteniendo, y pequeñoburguesía subiendo
a su ladrillito de poder en el cual su nicho estaba asegurado. Llegado el
salinismo este tipo de manifestaciones fueron desapareciendo poco a poco, no
por las bondades del sistema, sino porque eran peligrosas para el régimen por
varios motivos, uno de ellos era porque el presidente había sido elegido (que
no electo) en un proceso sucio por un claro fraude electoral, además de que las
protestas afean el paisaje del neoliberalismo en voga y podría mandar un
mensaje equivocado a los mercados internacionales. Luego no fue muy distinto,
basta recordar aquella marcha de Aguas Blancas en las que un grupo de
perredistas (de aquellos perredistas) fueron asesinados por el propio gobierno
del Estado de Guerrero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario