Apeiron Romero
06 de enero de 2017
El día de la epifanía me dejó, precisamente, una epifanía. Y
es que esta mañana me desperté con una inquietud que al principio comenzó
siendo una pequeña cosquilla y conforme fue pasando el día fue creciendo hasta
en volverse una certeza clara, diáfana, distinta: de vez en cuando debo
concentrarme en el placer.
Sí, Epicuro en forma de revelación se me presentó en la
mañana cuando decidí que definitivamente hoy me iba a levantar tarde y que por
ningún motivo la gente que pasa por la calle a las seis y treinta de la mañana
me iba a ver ni un solo pelo. Claro, me ayudó el hecho de que en mi trabajo nos
dieron el día, pero aun así fui rebelde a todo y a todos menos a mi camita
calientita. Es más, mi osadía llegó a tanto que ni los voraces intentos de dos
de mis gatos para que les sirviera el desayuno (casi siempre listo a las seis y
quince) me hizo poner un pie fuera de mi lecho.
La rebeldía me alcanzó para despertarme minutos después de
las once. Cabe señalar que la batalla llegó a tanto que por ahí de las diez de
la mañana “Ella” quiso levantarse con el ridículo pretexto de que “ya era muy
tarde”, afortunadamente mis recursos bélicos llegaron al extremo de abrazarla,
darle un besito en la espalda y detenerla en esa posición hasta que cedió a
otra horita de sueño. Acto seguido pensé en lo que más placer me daría y la
respuesta vino con un gruñido de mi panza… comida era la respuesta. Así que
pausadamente y disfrutando hasta del roce del pantalón en su recorrido por mis
piernas hasta la cintura me vestí, bajé las escaleras y me dirigí al mercado.
De camino a mi destino me encontré con unas niñas que
jugaban con sus regalos recién traídos por los reyes magos, una de ellas
cargaba un bebé de juguete y con mucha ternura en el corazón me dije: y pensar
que en unos años estas niñas estarán perreando en una fiesta de quince años y
más tarde cargarán uno de esos niños de verdad… por unos momentos algo en mí
fuero interno empezó a sentirse mal por el comentario clasista y malaleche. Pero
luego recordé que hacer sátira es necesario y además muy divertido, así que
continué mi camino con una sonrisa en el rostro y una carcajada en el alma.
Cuando llegué al puesto de las quesadillas (las cuales en el
mismo tono de burla diré que eran sin queso aunque les inquiete el ánimo a
muchos que aseguran desgarrado sus vestiduras que las quesadillas “son sólo cuando
llevan queso si no, no son”) el señor que tomó mi orden empezó a anotar: “dos
de deshebrada, una de rajas” pero luego
súbitamente preguntó "¿sencillas o con queso?” yo como ustedes supondrán le
expliqué que sencillas. En ese momento me miró con cara de desgano e improperio
que lo único que movió en mi fue mentarle la madre de una forma murmurada, con
los dientes apretados y con una satisfacción recorriéndome el cuerpo por poder mandarlo a la chingada.
Total, el camino de regreso a mi Ítaca particular no hubiese
estado completo si al pasar por el Oxxo no me hubiese comprado mi cafecito sin
ningún rastro de manifestantes antigasolinazo en kilómetros a la redonda. Llegue
a mi casa, devoré las quesadillas saboreando cada gota de aceite que se escurría
por mi boca. Posteriormente, a esa hora de la tarde y luego de haber desayunado….
Empecé a preparar la comida. Sí, mi necesidad de placer me llevó a querer comer
luego de haber comido y una carne molida picosa se imponía acompañada de sus
respectivas cervezas ¿el colmo, no?
El resto del día lo dediqué al dolce far niente. Eso hasta esta hora en que casi al terminar el
día me puse a cumplir rigurosamente con el ejercicio de escribir un filosofema
al día lo que me lleva a los otros dos últimos placeres del día: si como bien
dice Descartes, leer es entablar una charla con las mejores mentes de la
historia, entonces considero que escribir aun sin ser una mente ni medianamente
buena, es empezar una charla con la mejor gente con la que puedo platicar. El otro
es precisamente el de leer, confieso que nunca he leído a Irving Welsh y que quiero leer Tranispotting antes de que
salga la segunda película, y también debo de confesar que mandé al diablo la
idea de leerlo en inglés porque si un europeo me va a hablar raro, renuncio a
las rarezas británicas y me quedo con las más simples de los españoles, pues
¿cómo no?.
Como ven en realidad no fue un día de exceso y fiestotota. Sólo
fue un día placentero, recordemos que de todos los placeres Epicuro recomendaba
los más simples y duraderos: comer y dormir bien, tener buena compañía, una
buena plática y tirarnos en las garras del arte. A veces, sólo a veces, creo
que la felicidad viene envuelta en un poquito de placer… y lo que falta.
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