sábado, 7 de enero de 2017

Y lo que falta

Apeiron Romero
06 de enero de 2017
El día de la epifanía me dejó, precisamente, una epifanía. Y es que esta mañana me desperté con una inquietud que al principio comenzó siendo una pequeña cosquilla y conforme fue pasando el día fue creciendo hasta en volverse una certeza clara, diáfana, distinta: de vez en cuando debo concentrarme en el placer.
Sí, Epicuro en forma de revelación se me presentó en la mañana cuando decidí que definitivamente hoy me iba a levantar tarde y que por ningún motivo la gente que pasa por la calle a las seis y treinta de la mañana me iba a ver ni un solo pelo. Claro, me ayudó el hecho de que en mi trabajo nos dieron el día, pero aun así fui rebelde a todo y a todos menos a mi camita calientita. Es más, mi osadía llegó a tanto que ni los voraces intentos de dos de mis gatos para que les sirviera el desayuno (casi siempre listo a las seis y quince) me hizo poner un pie fuera de mi lecho.
La rebeldía me alcanzó para despertarme minutos después de las once. Cabe señalar que la batalla llegó a tanto que por ahí de las diez de la mañana “Ella” quiso levantarse con el ridículo pretexto de que “ya era muy tarde”, afortunadamente mis recursos bélicos llegaron al extremo de abrazarla, darle un besito en la espalda y detenerla en esa posición hasta que cedió a otra horita de sueño. Acto seguido pensé en lo que más placer me daría y la respuesta vino con un gruñido de mi panza… comida era la respuesta. Así que pausadamente y disfrutando hasta del roce del pantalón en su recorrido por mis piernas hasta la cintura me vestí, bajé las escaleras y me dirigí al mercado.
De camino a mi destino me encontré con unas niñas que jugaban con sus regalos recién traídos por los reyes magos, una de ellas cargaba un bebé de juguete y con mucha ternura en el corazón me dije: y pensar que en unos años estas niñas estarán perreando en una fiesta de quince años y más tarde cargarán uno de esos niños de verdad… por unos momentos algo en mí fuero interno empezó a sentirse mal por el comentario clasista y malaleche. Pero luego recordé que hacer sátira es necesario y además muy divertido, así que continué mi camino con una sonrisa en el rostro y una carcajada en el alma.
Cuando llegué al puesto de las quesadillas (las cuales en el mismo tono de burla diré que eran sin queso aunque les inquiete el ánimo a muchos que aseguran desgarrado sus vestiduras que las quesadillas “son sólo cuando llevan queso si no, no son”) el señor que tomó mi orden empezó a anotar: “dos de deshebrada, una de rajas”  pero luego súbitamente preguntó "¿sencillas o con queso?” yo como ustedes supondrán le expliqué que sencillas. En ese momento me miró con cara de desgano e improperio que lo único que movió en mi fue mentarle la madre de una forma murmurada, con los dientes apretados y con una satisfacción recorriéndome el cuerpo por  poder mandarlo a la chingada.
Total, el camino de regreso a mi Ítaca particular no hubiese estado completo si al pasar por el Oxxo no me hubiese comprado mi cafecito sin ningún rastro de manifestantes antigasolinazo en kilómetros a la redonda. Llegue a mi casa, devoré las quesadillas saboreando cada gota de aceite que se escurría por mi boca. Posteriormente, a esa hora de la tarde y luego de haber desayunado…. Empecé a preparar la comida. Sí, mi necesidad de placer me llevó a querer comer luego de haber comido y una carne molida picosa se imponía acompañada de sus respectivas cervezas ¿el colmo, no?
El resto del día lo dediqué al dolce far niente. Eso hasta esta hora en que casi al terminar el día me puse a cumplir rigurosamente con el ejercicio de escribir un filosofema al día lo que me lleva a los otros dos últimos placeres del día: si como bien dice Descartes, leer es entablar una charla con las mejores mentes de la historia, entonces considero que escribir aun sin ser una mente ni medianamente buena, es empezar una charla con la mejor gente con la que puedo platicar. El otro es precisamente el de leer, confieso que nunca he leído a Irving Welsh  y que quiero leer Tranispotting antes de que salga la segunda película, y también debo de confesar que mandé al diablo la idea de leerlo en inglés porque si un europeo me va a hablar raro, renuncio a las rarezas británicas y me quedo con las más simples de los españoles, pues ¿cómo no?.

Como ven en realidad no fue un día de exceso y fiestotota. Sólo fue un día placentero, recordemos que de todos los placeres Epicuro recomendaba los más simples y duraderos: comer y dormir bien, tener buena compañía, una buena plática y tirarnos en las garras del arte. A veces, sólo a veces, creo que la felicidad viene envuelta en un poquito de placer… y lo que falta.

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