Apeiron Romero
07 de enero de 2017
No puedo afirmar que el tiempo pueda
ser fielmente representado por una figura geométrica, el espacio-tiempo es una
dimensión en sí misma y por tanto no puede depender de lo que Descartes
representaría con el “eje x” o con el “eje y”, sin embargo eso no implica
directamente que no podamos atribuir al tiempo cierto comportamiento cíclico.
Sí para muchas generaciones el tiempo era representado por un línea recta
progresiva, también es cierto que la fatalidad de los sucesos acaecidos a lo
largo de la existencia nos lleva a pensar que todo se repite.
El año no es otra cosa que el
regreso del planeta a cierto punto en el que se encontraba en ese lapso,
volvemos a lo mismo, la regularidad no depende de una trayectoria lineal del
objeto en el cual viajamos. Cabe recordar que muchos de los primeros textos de
los que tenemos conocimiento son “manuales” en los cuáles se explica la
regularidad de ciclos que son necesarios para la vida, hecho observado
inminentemente ante la necesidad de los campesinos de encontrar la regularidad
en la naturaleza para poder sembrar. Así, a la primavera que exuberantemente llena
de flores y colores los campos, sigue el verano que riega con sus lluvias las
tierras para que el fruto pueda ser producido haciendo madurar a la flor en
fruto, Dicho fruto y las hojas de los árboles caerán en la tierra para nutrirla
y prepararla para dar nueva vida, sin embargo antes de volver a ver todo
colorido y fragante, el invierno asegurará la muerte de ciertas formas de
existencia para purificar el fecundo seno de la tierra y , luego, el ciclo se
cumplirá y habrá nuevas flores.
Lo anterior llevó a los estoicos
a pensar que el universo es cíclico, si es eterno no tiene fin, si es perfecto
no podrá esperar nada que lo complete, que lo termine, es decir, el mundo tiene
que estar perfectamente terminado. Por eso, parte de la doctrina estoica (que
en buena parte recibe como herencia
Nietzsche con su “Eterno Retorno”) Considera que el mundo empieza,
transcurre, termina, y vuelve a empezar.
El arribo de Juan Preciado a
Comala es algo similar. Puede que la primera vez que lees “Pedro Páramo” sea
nuevo para ti, Juan ha llegado a buscar a un padre que no conoce, al cual va a
exigirle lo que es suyo, su parte del apellido “Paramo”, sin saber que ya lo
tiene: el olvido, el ostracismo que de una u otra manera lleva a Dolores a llevarse
lejos a Juan es su herencia. Pedro Paramo es justo en lo que da… a todos les
entrega a manos llenas su desprecio o su negligencia, le ha costado la
distancia de Susana al amarla (amarla ¿verdad?) demasiado; le entregó a Eduviges ese sentimiento de cosa útil y como
tal utilizada; a Miguel le dio todos sus caprichos, y la muerte desde luego; al
lector no deja esa sensación de ser parte de la misma herencia, todos somos
hijos alejados por la fuerza de un padre negligente (¿o es que Dios no lo es al
ser capaz de evitarnos la expulsión del paraíso y de cualquier forma dejarnos
caer en tentación?).
Pero decía que en un principio, la
primera vez que “entras” en la lectura de Pedro Paramo, todo parece lineal, es
un relato, te enteras de una cosa tras otra (no es cierto, ya lo sé, pero concédeme que al menos al tener que leer del
principio al fin los hechos se suceden unos a otros), pero si vuelves a leerla
todo vuelve a empezar de nuevo: El arribo de Juan, la inspección (las muchas
inspecciones de la mina), la muerte eterna de Pedro en el ocaso. La lección es
tan vieja como su origen y tan renovada como su constante inicio (inicia
siempre en realidad).
Todas las tardes el buitre come
el hígado de Prometeo, Todos los días Sísifo empuja la piedra cuesta arriba,
todos los días el Judío Errante camina sin cesar destrozando sus pies. Y hasta
el pintoresco (léase por favor el adjetivo precedente a este paréntesis con
ironía) folclore de mi país representado
en el “Llano en llamas” es cíclico y constante: los falsos profetas siempre
engañádonos, la tierra entregada sólo como requisito, los amantes cómplices
tomando sus cierpos prohibidos en la tierra, la miseria cíclica como las grandes
inundaciones.
En fin, todo es nuevo y viejo a
la vez. Hasta la promesa de que eso acabará algún día es recurrente, el día del
apocalipsis llegará el día de mañana, o el siguiente o el siguiente. Las promesas
renovadas son sólo promesas incumplidas una y otra vez.
Quizá por eso Pedro Páramo es el
libro que más he leído. Porque tengo que iniciarlo una vez y otra vez, y otra
vez para ver cuántas veces más tendrá que morir Juan para volver a llegar a Comala.
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