Apeiron Romero
08 de enero de 2017
Querida generación X:
Es
difícil dirigirme a ti en esta carta, tanto como si me estuviera escribiendo a
mí mismo. Desde luego tengo que hacer referencia que tú nombre proviene del
título de una novela de Douglas Coupland en la que se muestra un cambio
generacional debido a un entorno nuevo producido por el incremento de usos en
las varios tipos de tecnología, en las que se incluye desde luego las de la
información… desde luego no teníamos ni idea de a dónde o cómo llegaríamos en
ese y muchos otros aspectos.
Pero sin lugar a dudas algo que tuvo mucho que ver son tu
desarrollo fue la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El
mundo en el que creciste estuvo en permanente tensión debido a una guerra que
era en muchos sentidos diplomática, pero que en realidad nunca dejó de tener
violencia en los países que mantenían la confrontación aparentemente directa. El
duelo de propaganda y presión económica favoreció finalmente al “mundo libre”
occidental y la URSS cayó estrepitosamente como un edificio (en realidad vacío)
golpeado por una bola demoledora. “Los malos” sucumbieron y luego ¿qué? ¿A dónde
nos íbamos a dirigir con tanta libertad? El miedo, una de las principales y
clásicas herramientas del partido republicano estadounidense hizo su aparición
y ponía en pedestal de la perversidad a un antiguo aliado (¿Qué pasa con esos
aliados que siempre se vuelven en contra de uno? ¡Caray!), Irak y su perverso
(eso dicho sin tanta malicia) líder Sadam Husein atentaba con el mundo de la
libertad y contra la posibilidad de mantener comercio libre con un pequeño país
árabe por una terrible invasión (EUA hablando de invasiones ilegales ¿quién lo
diría, no?). El final de esta historia ya la conoces, una guerra pequeña pero
con consecuencias, sobre todo ambientales por el derramamiento del venenoso
petróleo en el Golfo Pérsico terminaría con más pena que gloria: Husein
seguiría gobernando aunque de manera acotada, los soldados estadounidenses
regresarían a casa luego de haber matado a cientos de personas inocentes con
los consecuentes traumas (basta con recordar a Timothy McVeigh, soldado
estadounidense quien detonó una bomba en un edificio federal estadounidense
convencido de que América se había convertido en el enemigo de América), la
economía seguiría sumida en una desesperanza y el futuro en general daba hueva,
ahí estabas tú y tus manifestaciones culturales.
El mundo dolía tanto que empezaste a quejarte de todo, el
arte se convirtió en ese discurso hiperespecializado del que hablaba Lyotard,
vacío en muchos sentidos pero con una amplia rentabilidad debida a su discurso. Nirvana enarbolaba la bandera de una generación con un presente frívolo, torpe sin ganas de glamour porque ya estábamos hartos de querernos ver bien, delgados, fuertes y triunfadores. No, no éramos los niños de Berverly Hills
90210, pero el hecho de que fueran un reflejo aspiracional era divertido y al
mismo tiempo doloroso. El sueño americano ya nos era suficiente porque de hecho
se había roto, no había dinero, no había trabajo, y añorando a lo punk, no
había futuro.
Sin embargo tu respuesta fue un tanto inusitada, tú te
decidiste a salir de tu sofá y votaste por el liberalismo demócrata clinteano. Y
al grito de “¡es la economía, estúpido!” definiste el rumbo del mundo. Mejor
economía, finanzas creativas, inversión en la bolsa de valores, ¿qué importa
si el mundo era sólo una fachada, hay que vivirla lo menos dolorosamente
posible. Claro, como era de preverse todo te explotó en la cara a finales del
siglo pasado principios de éste, pero ¿qué importaba?, total una segunda guerra
contra Irak y más miedo y paranoia fueron soportables porque todo dolía menos,
te convertiste en el artífice de un nuevo entorno moral. Me explico.
¿Recuerdas cómo te sentías? Eras un bicho raro al que todos censuraban, eras tan estrafalario por no querer un mundo como el que te
dejaron y al cual odiabas porque dentro de ti había el rencor de un sentimiento
de pérdida, no eras especial, todos eran estúpidos y se centraban en el
espectáculo aun perceptible en una pantalla de televisión y poco a poco
transferible a la de un ordenador: ¨con las luces apagadas es menos peligroso. Aquí
estamos ahora, entreténganos. Me siento estúpido y es contagioso, aquí estamos
ahora entreténganos”, diría nuestro profeta Kurt antes de volarse los sesos como
todo mundo esperábamos y veíamos con cierta tristeza. Mientras tanto un montón
de Beavis y Buttheads nos “buleaban” a pesar de ser idiotas… nuestra arma de
defensa: el sarcasmo impotente.
Por eso me extraña que ahora te abalances contra los que
llamamos “Milenials” ¿no se trataba de que todo fuera menos doloroso? ¿No
querías que todos fuéramos aceptados como somos? Esta horda de gente con lentes, barbas, saludables, veganas, opinócratas, no son más que el reflejo de lo que
siempre quisiste. En aquellos años del fin de siglo pasado se popularizó más
que nunca la historia de los X men (los hombres equis de la generación equis),
y un factor que los impulsó fue el hecho de que cada mutante era especial y
segregado por esa particularidad. Era un reflejo tuyo ¿cómo se alivió esa
tensión mi pequeño mutante? Fácil, todos los mutantes se unieron pacíficamente
para pedir el respeto a la diversidad. Espero que ahora tengas dibujada en tu
rostro una expresión de horror: sí, este autoritarismo de lo “políticamente correcto”
es todo tuyo. Tú lo hiciste, ¡bien! Disfrútalo haciendo lo que te queda mejor. Quéjate
de los niños Feministadiversoveganosciclistaliberales que tú mismo has creado.
Son tus golems, tus creaturas como las de Frankenstein. Dulces sueños.
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