La imaginación me parece
imprescindible para el conocimiento.
Hace tiempo vi una película
llamada “What de bleep we know”, entre otras muchas cosas que en ella se afirmaban
(cosas que muchos calificarán como pseudociencia) se dice que los nativos de
las costas de lo que hoy conocemos como San Salvador no se percataron que por el océano
se aproximaban las carabelas comandadas por Colón simplemente porque no sabían
que algo como una embarcación como esas existía. Me explico: desde luego que
algunos de ellos vieron algo que se aproximaba a la costa, pero muchas cosas
vienen de la costa, fauna y flora marina, basura de algún tipo, cuerpos de
personas ahogadas que luego el mar saca a flote, etc. Algo enorme se aproximaba
pero no era posible distinguirlo como una carabela navegada por europeos porque
en su conocimiento no existía ni carabelas, ni navegantes europeos, mucho menos
Europa. Pareciera ser que el conocimiento se amolda a las cosas conforme las va
descubriendo, conforme las va entendiendo o, quizá mejor dicho, aprehendiendo.
Desde luego el entendimiento, parece adaptar el conocimiento de lo
nuevo a lo ya establecido o contenido en él mismo. Un león marino no se parece
mucho al león que habita en la sabana, es decir, al felino que conocemos comúnmente.
Una vaquita marina tampoco tiene cuernos ni ubres similares a las del ganado
vacuno, son cosas a las que nombramos por aproximación (¡qué chingados tiene
que ver un gato hidráulico con los felinos domésticos que me dan baje con zonas
enteras de mi cama por la noche!).
Y pues esto es aplicado a
momentos en el que el conocimiento se ve en la necesidad de nombrar “cosas”, de
asirlas, hacerlas propias por medio del lenguaje. Y es probable que no sea que
más por derivación que hacemos el otro esfuerzo, el de hablar de lo otro que
no es cosa, que no es material, la idea pues; pero ese ha sido en muchos
momentos de la historia el contenido más importante y debatido por el
conocimiento.
A ver, sí ya sé, me viajo
demasiado pero… dame un poquito de chance: ¿Por qué te imaginas algo infinito? Quizá
porque conoces las cosas finitas, esas que se acaban, que se mueren pues, por
decirlo de alguna manera. Ahora ¿cómo te la imaginas?, ¡ah verdad!, no sé tú,
en mi cabeza caben un montón de cosas, pero quizá solamente acepto lo de la
infinitud porque alguien me dijo en el catecismo que existía, pero ¿cómo es? A lo
largo de la historia se han hecho esfuerzo por tratar de ser propedéuticos y
explicarnos ese tipo de cosas: Parménides de Elea nos dice que el “Ser” (hazme
el chingado favor) es una esfera que tiene su centro en todas partes pero la
circunferencia en ninguna (creo y espero que así sea, si no, disculpen que
mis pésimas facultades como alumno de filosofía me hayan arruinado la
memoria), para explicar algo tuvo que utilizar una figura geométrica para
acercarnos a lo que quería decir. Lo mismo pasó con aquellos como los estoicos
que explicaban la realidad como un círculo en el que siempre se llegaba al
punto de partida. Más tarde la
modernidad imaginó al universo como un reloj complejo que funcionaba de manera
automática gracias a que su relojero, es decir Dios, lo había diseñado de
manera perfecta. Kant se imaginaba al conocimiento como un edificio, y en uno
de los logros más acabados de la historia del pensamiento, Spinoza (no, no Espinoza
Paz) explicó a la ética según el orden geométrico.
Así, en la historia del
pensamiento estas aproximaciones han sido frecuentes. Explicar el mundo
requiere muchas veces del esfuerzo de comunicar, es decir de poner en común (poder
compartir una idea) que utiliza lo ya conocido para explicar lo que aún no está
bien entendido. De esta manera, por ejempl,o Lipovetsky recientemente utiliza una
explicación ya dada como de aquello que está en dimensiones extremadamente pequeñas
para explicar la ligereza y la poca pesadez, y quizá compromiso, que existe en
la sociedad contemporánea: todo es ligero, liviano, pequeño como un ipod shuffle.
Quizá una de las metáforas que
mejor describe la sociedad contemporánea es la utilizada por Zygmunt Bauman,
quien introdujo el concepto de “modernidad líquida”. Espero nuevamente no
equivocarme pero ahí va: la modernidad ha adquirido, entre otras formas, las
características de los líquidos, que cambian su forma conforme el recipiente
que los contiene, y que fluye así… como líquido. El miedo por ejemplo, antes
era motivo de que un hombre o bestia ante un peligro real, físico, duro, se
preparara para protegerse de alguna manera, corriendo o peleando. Pero ¿cómo es
el miedo en la modernidad líquida? “Más terrible resulta la omnipresencia de los
miedos, pueden filtrarse por cualquier recoveco o rendija de nuestros hogares o
nuestro planeta. Pueden manar de la oscuridad de las calles o de los destellos
de pantallas de televisión; de nuestros dormitorios y de nuestras cocinas; de
nuestros lugares de trabajo y del vagón del metro en el que nos desplazamos
hasta ellos o en el que regresamos a nuestros hogares desde ellos; de las
personas que nos encontramos y de aquellas que nos pasan inadvertidas; de algo
que hemos ingerido y de algo con lo que nuestros cuerpos hayan tenido contacto…”
¿no sintieron que el miedo los inundó? Pues así explicaba Bauman el funcionamiento
líquido de la sociedad moderna. Todo este choro ha sido para recordarlo porque
hoy ha fallecido, y me dio la gana recordarlo así, exponiendo un poquito su
aporte a la imaginería del conocimiento.
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