martes, 10 de enero de 2017

Sueños gatunos

Apeiron Romero
10 de enero de 2017
Tengo tres gatos. Y aunque a veces se me ha acusado de ser molestón con ellos la verdad es que, como saben todos aquellos que tienen la fortuna de convivir con estas criaturas, se establece una relación de complicidad y pequeños brotes de algo similar a la venganza con ellos: ¿tú orinas en lugares que no son adecuados para eso gatito? Yo me dirigiré a ti con el mote de  “gato apestoso”, ¿tú me robas el lugar en mi cama? Yo te acaricio intentando hacerte cosquillas que sé que no te son tan agradables, ¿tú me despiertas a deshoras para darte de comer? Yo… a ¿quién quiero engañar? La verdad es que no puedo realizar una venganza directa, dura y amarga contra los gatos, soy su sirviente y la  verdad es que me gusta serlo. Si se van de casa por más tiempo que el normal, mi alma pende de un hilo y a cualquier maullido salto a la ventana para ver si puedo ubicarlo. Mi fascinación por ellos viene de mucho tiempo atrás, de muchos factores, de muchas circunstancias. No por nada la historia de la humanidad, a la cual me precio de pertenecer, está plagada de esa misma relación amor-odio por los felinos domésticos. Desde los clásicos dioses egipcios a aquel gato de Schrödinger, pasando por los de las brujas y los de Cheshire los gatos son poderosos actantes de la historia, de aquella que se registra en las formas que dan sentido a la realidad humana, hasta aquellas que estimulan la fantasía en grados superlativos.
Una de las características que más me llaman la atención de los gatos es la de su capacidad de dormir. Lo hacen todo el tiempo, en cualquier lugar, con posturas y escorzos que serían la envidia de cualquier imagen de Miguel Ángel. Duermen tanto que me dan envidia ¡quiero ser un gato! Es un grito que varias veces he ahogado cuando los dejo acostados en la cama mientras yo tengo que ir a trabaja soportando gente más palurda que yo ¿por qué duermen tanto? Una de las respuestas que más me ha cautivado a esa pregunta me la dio Neil Gainman en uno de los capítulos de su famosa serie de comics “The Sandman”.
En “El sueño de mil gatos” Gainman nos cuenta que en otra época los gatos eran seres enormes que tenían esclavizados a la especie humana, seres hedonistas que sólo vivían para ser acariciados y alimentados por pobres hombres que luego terminaban siendo presa de los juegos felinos. Alguna vez, un hombre rebelde reunió a otros seres humanos y les contó que en los sueños todo es posible, que si todos hacían el esfuerzo de soñar al mismo tiempo un mundo en el que los gatos no eran nuestros amos, ese sueño sería posible y la realidad se transformaría. Aquel profeta humano logró convencer a la mayor cantidad de hombres y mujeres posible de tal forma que, soñando al unísono, un nuevo mundo emergió de los sueños y por eso ahora los gatos son nuestras mascotas y muchas veces, haciendo incluso gala de crueldad, somos capaces de determinar su destino (piensa ahora si tu gato en realidad le agrada la idea de que lo esterilices). Pero no todo acaba ahí: de alguna manera, los gatos se han enterado de la fórmula que los ha vuelto nuestros juguetes, y prepara su regreso triunfal soñando todo el tiempo en busca de revertir aquel terrible hechizo.
La idea de que algunas especies como la nuestra utilicen el sueño como mero descanso para reponer las fuerzas perdidas por la actividad diaria no seduce a nadie, a nosotros nos gusta soñar porque el sueño también es rebelión. Soñar es propio de los seres libres, de esos que no se atan a la realidad, a la estúpida vigilia. Soñar es un acto contestatario.
Por eso quizá envido a los gatos, porque son más libres y seductores que yo: ellos no sueñan como yo con una casa propia porque su casa es donde ellos estén, no quieren un carro para ir a donde necesitan porque están donde quieren estar, buscan la oscuridad de la noche para el sexo porque les gusta y no por estúpidas prerrogativas morales, no cazan para comer porque el trabajo esclavizado es para los hombres, ellos cazan porque quieren hacerlo, y si de pura casualidad se comen a su presa es porque así les da la gana, no esperan cumplir con su labor para poder jugar porque juegan a la hora que quieren. No tienen que escribir como yo para decir lo que quieren, les basta con un maullido
No tienen, como yo, que irse a dormir ahorita para trabaja mañana por dos razones: Ellos no tienen que ir a trabajar y están dormidos ya desde hace mucho. Por eso mejor los dejo, porque ya me quiero ir a dormir con mis gatitos, a ver si soñando los cuatro podemos hacer un mundo más placentero para todos.  


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