miércoles, 11 de enero de 2017

Twittercracia

Aperion Romero
11 de enero de 2017
Soy de esas personas que piensa que en eso de la política hay que observar mucho y opinar poco. Pero también soy de esas personas que no sigue lo que piensa porque frecuentemente he descubierto en mí a uno de esos personajes que, cual Carmen Salinas, opina de todo sin que le pregunten. Me he vuelto un opinólogo.
Pero eso es de lo más fácil en estos días, las plataformas que representan las redes sociales nos dan voz como nunca antes en la historia había sucedido. Tener una cuenta de Facebook o Twitter, además de sencillo, es una oportunidad dorada que generaciones no muy lejanas a nosotros soñaron: ver nuestra personalidad, o un diseño de la misma, en una pantalla. Warhol estaba ligeramente equivocado cuando afirmo que “En un futuro todos tendremos quince minutos de fama”, en primer lugar porque, si bien la fama es importante, no puede ser sopesada estadísticamente con tanta perfección como el hecho de tener Followers o Friends, así que mejor sería decir que todos seremos influencers. Por otra parte ya no es necesario que nuestros momentos de popularidad duren quince minutos, puede ser muchísimo más o puede que no llegues ni al minuto, en un mundo donde la velocidad de la información es tan importante que nada es duradero porque siempre hay algo nuevo, pero que al mismo tiempo la duración de un “mame” puede ser el oblongamiento de una pequeña broma en periodos de días, semanas o meses, quince minutos resulta una medida irrelevante.
Sí, las redes sociales poco a poco le van ganando terreno a los otros medios de comunicación y cada vez más se ubican en el centro de todo tipo de reflexión. La capacidad que nos da de ridiculizar, ofender y sentirnos ofendidos, enaltecer, vituperar, todo al mismo tiempo y a la distancia de un clic, permite que está avidez de estar informados y emitir nuestras opiniones sea posible (¡Ay! Cómo queremos a nuestro Facebook).
Pero como es de suponerse, las redes sociales no pueden alejarse de lo que pasa con eso que todavía llamamos “realidad”, son un medio, no un actor por sí mismas. Desde luego que la oportunidad de darnos voz (apagada, fingida, falsa si quieren) nos nivela, pero la importancia de quien emite esa opinión en el mundo “real” vuelve a discriminar. No es lo mismo Apeiron y sus dos “me gusta” por unas cuantas palabras, que la declaración de Trump en ciento cuarenta caracteres y el revuelo que causan.
El éxito de las redes radica en buena medida en que han tomado auge en una época en la que el pensamiento liberal domina (o dominaba) políticamente. En los ocho años que el partido demócrata estuvo en el poder el crecimiento de las redes, asociado desde luego con el avance tecnológico, permite darnos la apariencia de que todos pueden decir lo que quieran sin que nada ni nadie lo impidan. Pero ahora que el republicano Trump ha ganado, y que ha tomado como parte de su personalidad política emitir sus opiniones por twitter, se advierte de manera plañidera que es un peligro. Hoy leí que ciertos sectores de la población estadounidense piden que se acalle a Trump en las redes debido a sus excesos, ¿pues no que somos muy liberales?
El peligro pseudofacista que ven en este nacionalista gringo es real. Tanto como el hartazgo que permitió que (con todo y la democracia bananera del vecino del norte) Trump pudiera ganar. El liberalismo sólo ofrece oportunidad de enriquecimiento de unos cuantos, pero la gente común vemos con angustia el crecimiento de las faltas de oportunidad. Trump nos engaña y juega con nosotros, cierto, ofrece una nueva organización basada en un mercado interno, en la limitación de los mercados globales liberales, ¿saben quién hizo algo similar? Roosevelt, su “New Deal” era algo similar a lo que promete (engañosamente repito) Trump. Es cierto también que el nacionalismo del millonetas se parece al “Nacional Socialismo”, pero no es excluyente: es Hitler y es Roosevelt al mismo tiempo, aparentes extremos que se tocan, y digo aparentes porque en realidad son ramas del mismo árbol.
Trump seguirá tuiteando, así como lo seguirá sin hacer el gobierno mexicano que no ha sabido aprovechar las redes para tener una voz propia. El gobierno de México sólo usa sus redes para contestar ante la inminente catástrofe ¿neta no pudieron prever el descontento del gasolinazo y hacer una campaña pública que nos convenciera de que es por el bien del país? ¿Cómo demonios ganaron entonces? La torpeza de la actual administración me hace suponer que los genios publicitarios que llevaron a Peña Nieto al poder no eran ni tan genios, o lo han dejado francamente solo.
Como fuese, yo sigo siendo un materialista y me parece que las cosas tronarán lejos de la metafísica de las redes sociales. Mucho rollo con el gasolinazo pero cuando nos demos cuenta que gracias al liberalismo económico este país es incapaz de sobrevivir alimentariamente con la producción interna, entonces sí preguntaremos ¿de cuántos metros dijo que quería su muro? Y Trump lo publicará en las redes sociales.

Bueno no, quizá no tanto, alguna solución habrá, no sé cuál, nadie me ha publicado un post convincente de cómo le vamos a hacer, pero algo pasará. Por lo pronto me voy porque el tiempo de publicar este texto en Twitter y Facebook se aproxima peligrosamente. Espero mañana andar menos “peñabot” o “chairo” o cualquiera de esas cosas que nos decimos en las muy liberales redes sociales.

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