22 de enero de 2017
Para nadie he guardado en secreto que me gustan las luchas. Y hay varios motivos: el primero tiene que ver desde luego con mi infancia. La fascinación que provocaron en mí las máscaras multicolores y la confrontación de hombres fortísimos (o al menos para mí lo eran) en un ring, las piruetas, las cachetadas, y todo el entorno que compartía con mi padre y mis hermanas, me acompañó a lo largo de mi desarrollo. Logré coleccionar más de cien muñequitos de plástico de esos que tienen todos la misma posición con los brazos abiertos, uno arriba y otro más abajo y tengo la seguridad que si me dejaran con unos de esos en una habitación solitaria, aún podría realizar unas cuantas funciones de lucha imaginarías.
El segundo motivo es que cuando descubrí que había cierto montaje detrás del negocio de la lucha libre no me desilusionó en lo más mínimo. Sigo y seguiré respetando a esos atletas que arriesgan su físico cada noche en condiciones muy precarias, sí para ganarse la vida, pero sobre todo para contar historias que es algo que a mí me apasiona. Las luchas narran epopeyas entre seres de cualidades superiores a las de los humanos comunes (yo no me aventaría desde la tercera cuerda, ni me dejaría cortar con navajas la cabeza, ni recibir sillazos, por mucho que mi compañero me cuidara, sólo por contar una historia, por eso son seres especiales, yo me limito a redactar en la comodidad de mi hogar para poder narrar algo).
También me gustan porque son un espectáculo popular. De hecho, los espectadores de otros espectáculos critican las luchas por “falsas”, e inmediatamente después me carcajeo: de la misma manera que el teatro, la lucha libre cuenta escenográficamente historias, la lucha libre tiene acrobacias de la altura de un circo y a veces hasta de una velada gimnástica, y para acabar son más reales que las faltas en el fut o que las bubis de las cantantes o actrices que admiran, ¡no manchen!
Y como la vida imita al arte, las luchas no son otra cosa que la metáfora de lo que pasa en otras esferas de la realidad: por ejemplo en la política. Y no sólo me refiero a que Donald Trump ha participado de algunas historias relacionadas al wrestling (apostó la cabellera contra el dueño de la WWE y ganó) sino a la manera de hacer política. El 20 de enero John Cassidy publicó un artículo en “The Newyorker” titulado “An impulsive authoritarian populist in the White House”. En el artículo se quejaba de eso, de que Estados Unidos nunca había tenido un presidente que se comportara como un luchador. Yo disiento de ello, en realidad todos son un personaje de la lucha. Se erigen como justicieros, como los buenos, atraen a cierto público y otros los odian, nos cuentan la historia de la buena América que está obligada a combatir a los enemigos caricaturezcos que también son un invento. La diferencia es que mientras el personaje de Obama era un baby face estilo John Cena, Trump es un heel, un rudo, un personaje que a la gente le encanta odiar y las manifestaciones en su contra son prueba de ello. En realidad ninguno de los dos cambiará nada, los intereses detrás de ellos los manipularán.
A los políticos los bookearán, les dirán la historia que deben contar, pero detrás de la máscara todo será lo mismo. A final de cuentas los manifestantes seguirán siendo el público mientras seamos incapaces de volvernos luchadores reales.
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