Apeiron Romero
19 de enero de 2017
Muchas veces he afirmado que la imaginación es muchísimo más importante para el conocimiento de lo que comúnmente consideramos. Esta vez no será la excepción. Y es que en realidad lo que llamamos descubrimientos, frecuentemente son en realidad nuevas formas que los científicos y los filósofos han imaginado para explicarnos cómo es la realidad: que si el universo es curvo, que si es como una cáscara de nuez, que si lo sostiene dos tortugas o que si flota en algo etéreo.
Sí, la imaginación nos permite explicarnos cómo funciona el mundo, pero dejaría de ser también la “loca de la casa” como diría Teresa de Jesús si la imaginación no estimulara otra forma del conocimiento: la estética.
La imaginación permite recrear escenarios, situaciones, imágenes que nos provocan un sin fin de sensaciones. Nos intriga, nos divierte, nos entristece y enternece. Esa es otra forma de conocer al mundo.
Puesto en esta perspectiva, podríamos decir que la imaginación implica la posibilidad de expandir nuestro conocimiento al presentarnos eventos que nos son extraños, que quizá no viviríamos sin que alguien nos los presentara en una imagen, en una escultura, en una melodía y desde luego en una narración.
Otra manera en que la imaginación abona al conocimiento es en cuanto a la técnica. Lograr que alguien sienta lo que queremos, que tenga una sensación específica, una percepción determinada, no se logra de la noche a la mañana, debe ser un esfuerzo concienzudo y arduo, lograr entender cómo hacerte imaginar lo que yo quiero que sientas es casi una ciencia.
Un ejemplo de estos “científicos” de la imaginación es sin lugar a duda Edgar Allan Poe. A pesar de que algunos tíos pesados insisten en ver a Poe como un narrador menor, la verdad de las cosas es que los géneros que dominó, y que en buena parte inventó, logran no sólo entretener al lector, sino plantearse posibilidades de perversión inesperadas, sorprendentes, cosas que antes no podíamos imaginar y que nos permiten expandir nuestro conocimiento: yo nunca había vivido la visita de un extraño en mi castillo vestido con un disfraz rojo, ni la idea de la imagen de un gato que aparece en una pared luego de un incendio, ni la evidente destrucción de una mansión ante la extraña participación de sus muy particulares habitantes, ni la resurrección de mi amada entre humos del opio, ni primates asesinos, ni trucos de prestidigitación con cartas con contenido comprometedor, ni la desesperación de estar atrapado detrás de una pared, o la sensación de escuchar el corazón de un viejo ojos de buitre latir después de muerto. Insisto, yo nunca lo había vivido antes de Poe. Y digo que lo viví porque el hecho de imaginarlo me permite conocerlo y por lo tanto vivirlo.
Creo que una de las cosas que menos me ha gustado de Poe es su poema “El cuervo”, pero no por eso dejo de admitir que me sobrecoge, que me intriga. Hay en él una metáfora que me parece genial: Minerva, diosa de la sabiduría, era representada por un búho, precisamente porque su vigilancia constante le permite conocer cosas que otras aves no. Por su parte el cuervo tiene fama de tonto y de ser un ave muy básica, además de que su plumaje negro lo asocia a la noche de una manera totalmente distinta a la del búho, en él es perversidad, misticismo. Pues bien, en el poema quien se posa en el busto de Atenea no es un búho, es un cuervo que, además de todo, nos trae más conocimiento que el búho de Minerva con una simple y oscura frase: “Nunca más”.
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