Apeiron Romero
26 de enero de 2017
Dicen que Agatha Christie
afirmaba que el mejor momento para planear el argumento de un libro es cuando
lavas los platos. Y puede ser posible, frecuentemente, cuando las tareas que
estamos haciendo se han vuelto mecánicas, tienes la oportunidad de dejar volar
tu imaginación un rato. Pero debo aceptar que en mi caso es un tanto peligroso,
porque algunas de las cosas que hago de manera “mecánica” implican estar pendiente
de lo que pasa alrededor, imagínenme conduciendo y planeando un filosofema. Pues
me ha pasado y no es algo agradable andar en la mensez con un arma al volante,
yo hasta cuando camino y no me fijo soy un peligro. Pero encerrado, soy menos
preocupante, y a veces atender un poquito la casa me permite imaginar lo que
voy a redactar. En esta ocasión fue desempolvando un poco los libros.
Y es que podría decir que en mi
casa se mete mucho polvo, pero no es un asunto de mi casa en particular, he
vivido en otros lugares en los cuáles el
polvo se acumula muy rápido. Digo, no es raro viviendo en una ciudad con un
clima semi-desértico. El polvo es sinónimo de aridez, no sólo la arena que es
un poco más gruesa y que permite caminar, es suelo pues, sin el polvo del que
no puede salir nada, son partículas muy pequeñas que no dan vida, de la tierra
nace todo, nosotros mismos según el mito judeo-cristiano somos creados de
tierra, pero la tierra se degrada hasta el polvo. Somos vida y nos
transformamos en nada, El muy parcia existencialista “polvo somos y polvo nos
convertiremos” implica eso, que somos tierra que pierde vida, nada, polvo que
apareceremos luego debajo de adolescentes negligentes que no asean su
habitación (mi mamá me decía que yo debajo de la cama guardaba puros muerto, en
evidente referencia a la cantidad de polvo acumulada).
Por eso también, por esta
denigración, la figura del polvo es tan requerida en el simbolismo judeo-cristiano.
En el rito de inicio de cuaresma se impone ceniza en la cabeza de los files
recordándole que es nada, que debe asumir su condición como un ser temporal. Al
poner en la cabeza polvo o ceniza, lo hacemos en la parte más alta e importante
de la anatomía, esto supone que el ínfimo polvo tiene más dignidad que
nosotros, esa era una costumbre común en el pueblo judío (pueblo que ha vivido
gran parte de su historia en el desierto). Por ejemplo: David, cometió la
indignidad de enviar a Urias a una muerte segura con la intención de quedarse
con Betsabé, su mujer. Mucho tiempo después su hijo Absalom lo derroca y
persigue, días después los ejércitos de David, quien se había escondido en la
montaña, logran emboscar y derrotar a la
milicia de Absalom. Desde luego David quería al culpable, pero de ninguna
manera lo quería muerto, era su hijo. Al enterarse que su hijo ha sido
ejecutado sin que él lo supiera, la pena más grande lo embarga. Un profeta le
dijo que la muerte de su hijo era un castigo por su comportamiento con Urias,
David lloró y puso polvo en su cabeza.
Y es que el polvo parece el
destino final de todo, verlo mientras sacudo es recordar que todo se convierte
en polvo, se desvanece, no sólo yo, el universo, las estrellas en su muerte
provocan una explosión tan grande que lo único que dejan alrededor es polvo. En
las películas con corte apocalíptico un elemento frecuente es que todo está
polvoso, En “el libro de Eli”, en “Intergalactic”, en “Blade Runner” entre
otras el polvo está presente. El polvo da miedo porque es un indicador de que
todo está en constante proceso de muerte.
La denigración no para ahí, el
polvo también implica otro tipo de empobrecimiento moral (y económico),
consumir polvo en forma de drogas es caro, llegas a ese extremo porque dependes
de un polvo, supones que es porque te gusta, pero en realidad lo deseas, lo
necesitas, luego del efecto todo viene a peor. El la cruda de polvo es
terrible, te sientes peor porque ya no eres el mismo que cuando lo tenías bien
adentro, te deja miserable, triste, irritable, el polvo no solo es metáfora de
muerte, es su constatación, su terrible confirmación.
Y bueno, también está el polvo en
su forma de vulgaridad, siendo tan rico el sexo se ha denigrado a “echarse un
polvo”, Hay al menos dos versiones de esta expresión que yo conozco. Una está
emparentada con lo antes dicho sobre los humanos como provenientes de la
tierra, echarte a otro ser humano es echarte un polvo. Existe otra que aparte
de vulgar es clasista: la clase media europea acostumbraba inhalar rapé, o
polvo de tabaco, eso provocaba estornudos y algunos preferían hacerlo en
privado, con el tiempo “ir a echarse un polvo” era un pretexto para tener
relaciones sexuales furtivas, frecuentemente con personas de clases sociales
más bajas.
Todo esto es terrible, espantoso,
pero creo que por el momento lo que más odio del polvo es tener que quitarlo de
mis hermosos libros. ¡Maldito!, ni modo, a seguir desempolvando.
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