Apeiron Romero
25 de enero de 2017
Es tan fácil ofender a alguien o
a algo, sólo basta con abrir la boca e inmediatamente alguien alrededor se
sentirá aludido y afectado. Me tocó vivir en una época de pieles de papel, y lo
peor es que son de papel cebolla: dices la menor incorrección política y
entonces un montón de adjetivos descalificativos caerán sobre ti, pero como yo
soy el ofendedor entonces está bien atacar al atacante (¿acaso mis sentimientos
no importan? ¡Insensibles! Snif).
Hemos aprendido muy bien la
lección de Locke, a medias, pero lo que aprendimos lo aprendimos muy bien: Lo
único que no podemos tolerar es a los intolerantes. Pero en esta época en la
que todos podemos decir lo que creamos y nuestra opinión debe ser respetada,
todos somos intolerantes. ¿No te gusta mi opinión política, o artística, o
social? Entonces ni te atrevas a decirlo porque entonces no respetas y te
conviertes en un intolerante. Pues tengo tres cosas que decir al respecto:
1.- La doxa, es decir la mera
opinión, no merecía el respeto de los filósofos en la antigua Grecia. El motivo
es muy sencillo. La opinión son sólo un montón de ideas que se expresan sin
sustento alguno, o por lo menos alguno que sea racional. Tú puedes dar tu opinión,
claro: creer en supersticiones, suponer que con tronarle el pellejito de la
espalda a un bebé se le quita el empacho, que si te pones las legañas de un
perro verás fantasmas, cree lo que quieras y opina de ello, pero no me pidas
que respete tu opinión. Aceptémoslo, yo también tengo opiniones pero no voy a
exigir respeto por ellas. Si voy a salir con la artimaña de “yo opino” quiere
decir que no tengo argumentos contundentes para apoyar lo que digo, si no no
opinaría, argumentaría. Es decir, si no tengo pruebas de lo que digo es porque
ignoro si las hay o si lo que digo es del todo cierto… y si lo ignoro soy un
ignorante, entonces cuando opino estoy aceptando mi ignorancia. Sí, la
opinión es de ignorantes (porque queremos serlo) y por lo tanto no tengo que
respetarla.
2.- Si digo que defiendo la
diferencia implica que es algo frágil que debe ser defendido, y está bien, soy
diferente y si quiero seguir siéndolo tengo que aceptar y defender las diferencias
del otro, hasta las de aquellos que no son de mi agrado. Al sentirme ofendido
no estoy defendiendo la diferencia porque quiero que el otro piense igual que
yo, o que crea en esa diferencia, pero al ser diferente el otro no puede defender
la diferencia. Explico el galimatías: Si yo soy muy plural y atacó al otro que
es muy fascista, entonces no acepto que el fascista sea diferente, quiero que
sea como yo… eso es muy fascista ¿no?
3.- Como ya he dicho no voy a
aceptar fácilmente la opinión del otro, no porque sea el otro (en realidad eso
no me importa), sino porque si quiero que haya un argumento debo ser crítico,
analizar lo que el otro sustenta, sino como chingaos voy a poder atacar lo que
no es cierto, la mentira. Para ello tendré que usar herramientas como las de la
ironía y el sarcasmo. Gente tan admirable como Erasmo de Rotterdam, Giordano
Bruno, o Karl Marx, eran críticos férreos con un sentido del humor sin límite. Hacer
un chiste crítico es aportar a ridiculizar lo que es absurdo, develar la
estupidez para hacerla notar, decir que el pinche emperador va desnudo pues.
Por eso no me importará mucho que se quejen de mi intolerancia. Eso es el ánimo
jocanti, no es hacer chistes por ofender, sino por denunciar. Ora si alguien se
ofende mucho mejor, querrá decir que esa persona será denunciable y el humor
cumplió con esa función. A veces es bueno aprender a vivir en ánimo jocanti, es
broma pues… (muajajaja).
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