Apeiron Romero
24 de enero de 2017
Advierto. El siguiente texto está
influenciado por una alteración del sueño que Ella y yo sufrimos el día de hoy
muy temprano, cinco y media de la mañana, o algo así porque la modorra no me
deja ubicar el suceso temporalmente con exactitud. Así que es posible que haya
en este escrito un dejo de enojo que quizá ofenda a algunas personas. Sí esto
es así ¡al demonio! Tengo derecho de estar molesto.
Y es que el que aporrea las
teclas de la computadora es un ilustre ateo que como muchos de nosotros (por
una cuestión cultural) cuando siente la lumbre en los aparejos se vuelve el más
creyente de los mortales. Si algo va mal rezo, si algo me sale bien agradezco a
la presencia de lo omnipotente por toda su providencia, aunque desde luego después
vuelvo a combatir la superchería con la fuerza de la “evidencia científica”. Sí,
soy un incoherente como muchos que andamos por aquí.
Pero al menos creo que se me
puede conceder que hay ciertas formas de la tradición religiosa que es
francamente ociosa por no decir estúpida (ups, perdón, ya lo dije). Considero
que aunque la religión es una manera de consolación muy válida, y que el
universo entraña misterios que implican la existencia de algo regulador
llamando Dios, los rituales que frecuentemente utilizamos son más que nada una
forma de relajito disfrazados de penitencia. Y está bien que nos demos chance
de celebrar la vida negándola o padeciéndola, pero ¿por qué nos aferramos a
formas culturales tan gore?
Miren, la cosa va más o menos
así: Yo entiendo a la religión como una manera de explicar la vida y en cierto
sentido celebrarla en todos sus aspectos. El mismo Aristóteles señalaba que
aunque las respuestas dadas por los que inventaron el mito no son explicaciones
del todo racionales, sí hay un esfuerzo de tipo filosófico al intentar explicar
la realidad. Sí yo me he inventado que Zeus manda un rayo, lo hice porque trato
de explicarme un fenómeno de la naturaleza y eso me aleja de sólo quedarme
azorado ante dicha manifestación. Si la naturaleza me muestra su poderío tengo
dos opciones: o me asumo como un ser menos poderoso que ella y me esclavizo
rindiéndole culto, o me asumo como parte de ella y le hago una fiestecita, como
fuese haré un rito para celebrar algo. Repito está bien, es una forma de
entender lo que pasa en nuestro entorno.
Los budistas negarán las
voliciones no porque no existan, sino porque son irrelevantes y hay planos
superiores, pues habrá que celebrarlos. Los judíos se saben un pueblo elegido,
aunque también perseguido y persistente, pues nada, a celebrar la “judaicidad”.
Que los musulmanes entienden que el culto a Alá es una manera de liberarse,
pues todos a adorar a Alá. Que los cristianos saben que Jesús vino a salvar a todo el mundo sin distinciones de
raza, pues bien por Joshua y a celebrarle con vinito en las misas. Todo está
bien chido.
Pero a mí me molestan aquellos
ritos por los cuales se celebra el dolor. Y me enfadan por dos motivos:
primero, ¿A qué tipo de Dios le gusta que sus creaciones anden por ahí
lastimándose a destajo? que ponte un nopal en el pecho y otro en la espalda,
que vete de rodillas a quién sabe dónde dejándotelas jodidas por siempre, que
date latigazos en el camino de la procesión, que ponte una corona de espinas
¡no se supone que si Jesús hizo eso por ti no era para que tú ya no lo
hicieras!, vive tu vida, pórtate bien, no andes por ahí jodiendo gente, ¡caray!
Ir de acuerdo al plan de la creación no debe ser tan doloroso. Por otro lado,
hay una franca hipocresía en todo eso, a veces cuando eres un pueblo colonizado
la única manera de autentificarte es por medio del reclamo: me castigo porque
lo único que mi conquistador ha hecho es castigarme, ese es mi sitio, mi sino,
en el fondo de todo esto lo único que quiero es reclamarle a la vida esta
fregadera. Además siempre hay alguna manera de hacer chanchuyo y, esto que me
duele tanto, lo puedo hacer divertido. Celebrar los dolores es aceptarlos como
parte de la vida, así como aceptar que si los combino con alcohol es celebrar la borrachera también.
Hoy en la mañana me despertó el
ruido de tambores de danzantes, la gente iba en peregrinación a San Juan de los
Lagos y aparentemente ¡todo mundo se tiene que dar cuenta!, ¿no pueden vivir su
devoción de manera más calladita?, además en su camino a pie hasta la basílica
seguro se van a ir emborrachando y chismorreando ¿qué penitencia es esa? Además
de que, como ella me hizo notar, cada año se marchan dejando una estela de
contaminación que lo único que hace es destruir la creación de su todopoderoso.
No finjan o háganlo callado. Espero
que no me castigue su diosito pero, ¡dejen dormir chingao!
No hay comentarios:
Publicar un comentario