lunes, 2 de enero de 2017

El síndrome del pitufo gruñón


Apeiron Romero
02 de enero de 2017
Es el segundo día del año y la alarma sonó a las seis de la mañana convirtiendo a la temporada festiva en algo formalmente terminado. La modorra me hizo andar a tumbos por la casa y preparar un desayuno que apenas sirvió para que el cuerpo se percatara de que había que despertar. Salí a la calle inusualmente vacía y de inmediato sentí ese pequeño rencor en contra de todos aquellos que seguían calientitos en la cama. Llegué al trabajo y con la hipócrita necesidad (¿necedad?) de seguir en un talante de conciliación saludé a los colegas a los cuales también odié en secreto con los dientes apretados. No son ellos, son las ganas de regresar corriendo a mi cama y despertar muchas horas después para tomar un desayuno tarde y luego arrepentirme felizmente de perder el tiempo. Pero en el fondo de mí había la tristeza de entender que todos nos sentíamos igual, me sentí odiado y lo odié ¡Odio el inicio de año! Me dije a mí mismo imitando al "Pitufo Gruñón" y me saqué la única sonrisa de toda la mañana.
Y quizá ese fenómeno es algo más común que lo que pensaba: un notable escritor compartió en tuiter el escrito de Avelina Lésper en el que denuesta a la literatura creada en ciento cuarenta caracteres y más aun a la pretensión de convertirla por medio de la publicación impresa en una nueva forma de la literatura.  El Autor (pensaba dejarlo en el más superficial secreto pero… ¡al diablo! Fue Julián Herbert) utilizando el sarcasmo y una muy divertida vena crítica se fue con todo contra lo expresado en el texto que, dicho sea de paso, también es muy crítico y ácido, característica que ha revestido de honestidad a Lésper (digo que ha revestido porque no sé en realidad cuánto de esa vestimenta sea sobrepuesta, faramalla en realidad, honestidad disfrazada digamos). Los nuevos tiempos hicieron explotar al mundillo de la crítica artística del país en una llamarada petatera.
Veamos. En realidad yo coincido con Lésper (cosa que seguramente a ella no le quita el sueño) porque es cierto que existe en tuiter una necesidad de dar más peso a las cosas que se dicen que en la que realidad tienen ¡vamos! Hasta los mismos tuiteros siempre tan dados al alarido pedimos constantemente que no nos tomemos tan a pecho lo que ahí se dice. Los tuitstar son personajes creados para hacer polémica en un mundo tan pequeño que cabe en poquitos caracteres, pero de eso se trata, en esta época de opinocracia y corrección política a todos nos cala un pequeño rozoncito. Por eso que los actores principales de las redes quieran virar a las antiguas plataformas impresas, o transmitidas por medios ahora convencionales como radio o televisión es de franca risa. Hay una farsa muy clara en el hecho de que los que “se dan grasa” por ser innovadores y modernos ahora se vuelvan literatos publicados (sí los odio porque no me han publicado, pero eso es normal, yo soy un pocosfollowers) es en cierta forma negar aquello que te hizo famoso por tener el estatus que antes criticabas por obsoleto. No me interesa que la Yuya, Jordi Rosado, o Dross publiquen, sólo me da risa.
Como he dicho, a veces coincido con la señora Lesper porque en realidad hay mucha farsa en el mundo del arte. Detrás de un tecleador de recomendaciones sencillas para arreglar problemas fáciles no se encuentra de ninguna manera el trabajo de una mujer u hombre pegándole a una roca para obtener figuras ¿Pues de qué se trata?, la posmodernidad nos ha jugado buenas bromas pero Lésper pide dejar de tomarlas en serio, ¿qué transformación estética de la realidad hay detrás de un hombre que deja morir de hambre a un perro? Pero de ahí a minimizar el trabajo de un escritor que en unas cuantas palabras dice mucho más que otros en todo un libro hay mucha distancia.
Lésper infiere que los grandes trabajos de la literatura lo son porque han implicado un gran esfuerzo de concentración y de extensión reflejados en la vastedad de una obra y … me niego, no concibo de qué manera “El código Da Vinci” de Dan Brown es mejor que “La casa de Asterión” de Borges por mucho que uno tenga un montón de páginas y el otro una cuartilla y media. Es absurdo pensar que es poco lo que dicen en tan corto espacio las fábulas de Monterroso, los aforismos de Heráclito, o los fragmentos de Perros en “Papeles Pegados”. Las nuevas plataformas exigen, o mejor dicho, posibilitan nuevas formas de decir las cosas. La capacidad de síntesis es frecuentemente un trabajo tan arduo como el de llenar una página describiendo una sola escena. Señora Lesper, no confundamos la crítica al arte con la crítica cultural o peor aún, con la crítica con algo que es irreversible, la biología: "la twitteratura con 140 caracteres destroza la evolución"… ¿de verdad? No me extenderé más en el comentario de esa frase porque su texto ya ha sido demasiado tasajeado a lo largo del día y ¡odio los árboles caídos!”.
Quizá sea sólo el día, o que todos estamos furiosos por el país, la gasolina, nuestros trabajos o porque odiar es una especie de deporte nacional, el caso es que hoy es el día qué más odio he percibido del año… lo bueno es que apenas empieza y tendremos más divertimento.


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