Apeiron Romero
03 de enero de 2017
Me encantan los chistes. En las fiestas de fin de año podía
estar horas con los más ocurrentes invitados contando chistes alternativamente
hasta que la luz del día apareciera. Los había bromas de todos tipos:
Inocentes, morbosos, racistas, desagradables, tiernos, políticos,
intelectuales, heteropatriarcaleschauvinistasfalocéntricos (perdón, machistas),
sin embargo había una clasificación que siempre me dejaba cierta desazón,
cierto prurito, un mal sabor de boca luego de una tímida risilla casi
imperceptible. Eran los chistes de genios malignos. Probablemente tú, quien
eres una persona seria, no estás familiarizado con ese tipo de chistes así que
me veo en la penosa necesidad de dar un ejemplo:
Un día iba un hombre caminando por la playa, su andar
cansado y meditabundo se debía a que estaba genuinamente preocupado por la
situación mundial; el hambre, la guerra, la muerte y otros jinetes del
apocalipsis no lo dejaban descansar. De pronto algo llamó su atención, algo
brillante apenas enterrado en la arena. Al retirar la arena de encima de aquel
objeto brillante se dio cuenta de que era (obviamente) una lámpara de aceite. Con
cuidado desempolvó la lámpara frotando y súbitamente salió de ella un humo que
después de un rato se transfiguró en un genio quién le dijo: soy el genio de la
lámpara maravillosa, te agradezco haberme liberado de mi prisión, en recompensa
te daré un solo deseo, pero debes de pensarlo muy bien – advirtió-.
El hombre, pensando que tenía en sus manos la posibilidad de
terminar con los problemas que le aquejaban dijo: quiero dejar de ver tanta
pobreza, miseria y dolor en el mundo. Acto seguido el genio lo dejó ciego.
¿Ven? (ups) Quiero decir ¿lo notan? Hay algo completamente
pervertido en ese tipo de chistes, y no es propiamente la broma, el
chascarrillo, es más bien el hecho de que la realidad se empeña en superar cualquier
tipo de historias, hasta éstas aparentemente inocentes. Hay que tener cuidado
con lo que se desea, los deseos pueden tomar tintes de tragedia, suena a homilía
de misa de domingo a las doce del día (por eso no voy, qué tal si Dios me
castiga por estar en el templo cuando debería estar viendo futbol americano).
Al principio de este periodo presidencial el presidente “salvaba
a México” porque con una gran eficacia (que por cierto no se ha visto en el
resto del sexenio) había logrado sacar reformas que sus antecesores timoratos
no pudieron o no se atrevieron a llevar a cabo. Por fin el país ingresaría al
libre mercado dejando atrás décadas de paternalismo nacionalista, nuestras
finanzas no dependerían del dañino petróleo porque eso nos distancia del mundo
moderno al cual deberíamos integrarnos. ¡Liberalismo o muerte! Y de pronto, ¡zas! No queremos gasolinazos (sí,
de esos que tuvimos cada mes pero que no nos molestaban taaanto), pues ¿Quién
nos entiende? ¿No queríamos entrar en el libre mercado?
Ahora muchos claman revolución, pero en realidad es un sueño
que puede ser peligroso, este país ya tuvo varios conflictos armados que nos
dejaron destrozados y sin una posibilidad real de progresar.
Y así con muchas cosas, porque también anhelar la paz a toda
costa es no movernos, dejar todo quietecito, no pisar fuerte para que el techo
de la casa no se caiga. Queremos libertad de expresión a toda costa pero luego
resulta que lo que otros digan nos duele, queremos respeto pero para eso, para
no ofender, tenemos que guardarnos lo que pensamos. Queremos navidad pero no
gastar en regalos. Queremos que nos quieran pero luego no sabemos si estamos
correspondiendo a las expectativas de ese amor que deseamos tanto. Queremos proteger
al planeta pero no estamos dispuestos a perder la comodidad de contaminar a
nuestras anchas. Queremos ser adultos pero luego… bueno los que son adultos
saben a qué me refiero. Queremos rock pero ya nos hartamos del TRI.
Desde luego que estas aporías son una farsa, querer y no ir
por eso que quieres es una tontería, un chiste más amargo. No quiero sonar como
conferencista de superación personal pero: no desear y no hacer aquello que necesitas
para lograr lo que quieres (aunque fracases) es no estar en la jugada. Quiero que
me quiera y voy a hacer lo necesario para que lo haga, quiero leer y me daré el
tiempo del traslado en el autobús para hacerlo aunque se me pase la parada,
quiero cambiar las cosas aunque tenga que cambiar yo también, quiero que me
leas y por eso escribo aunque corra el riesgo de que no lo estés haciendo, quiero
un cafecito y por eso aquí le paro. Total los genios malignos son sólo una
parte de la moneda, mal interpretaré a Pascal y diré: yo no sé si me vaya a ir
bien en mi intento de lograr lo que quiero, porque si lo intento probablemente
fracasaré. Sin embargo mi apuesta es lograrlo.
Me fascinó, felicidades amigo!!
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