Apeiron Romero
04 de enero de 2017
El anonimato es imposible en el solipsismo, de hecho el
anonimato cobra más sentido cuando los que ignoran la identidad del personaje
sin nombre son muchos. Y lejos de la tradición que considera algo anónimo como
cobarde y ofensivo la intención de este texto es reivindicar la a- nonimia.
Y no me refiero aquellos que sin dar su nombre realizan
actos de desorden público, y no lo hago por dos razones básicas: en primer
lugar aquellos que lo hacen con furia ciega, por mero ímpetu o porque les
convienen, en realidad no son anónimos, tienen un nombre, son masa, ese sujeto
histórico, ese actante es sólo un pretexto para seguir las órdenes de la
volición propia o, en el peor y más común de los casos, de otros que los manipulan
para beneficio propio, son a final de cuentas títeres y títeres debe
llamárseles. Son esa masa a la que hace referencia Ortega y Gasset. Luego habrá
que referirse a los otros, los que hacen esos actos en franca desobediencia
civil, organizados, identificados con el otro, con el que llevan al lado. Los
que conscientes de su papel histórico desordenan algo establecido porque ya
está viejo, caduco. Desde luego estos casos serán muchísimo menos frecuentes,
pero también tienen un nombre, se llama revolución.
Pero insisto, no hago referencia a ellos porque el anonimato
que me interesa es otro, es el de aquellos en los que la usencia de nombre los
vuelve común los convierte en todos y nada al mismo tiempo. Eso como si
tuvieran el don de la ubicuidad.
Me tomaré la libertad de interpretar a mi manera algunos
textos para explicar lo que quiero decir: en “La ciudad de los inmortales”
Borges parece obtener la conclusión de que todos los hombres somos el mismo
hombre ¿cómo podemos llamar a eso que es lo mismo aunque llamado de forma
diferente, hecho que puede también vislumbrarse en una cita de “Tlön Uqbar
Orbis Tertius”, si todos los hombres que repiten una línea de William
Shakespeare son William Shakespeare, en realidad ninguno se llama así. El
anonimato es producto de la fusión de todos los nombres en un no- nombre.
Resulta metafísico sí, pero también baja a la tierra en un
sentido más pachanguero, más cultural ¿Quién es el que grita “eh puto” en un
estadio de futbol? Nadie en realidad, o todos los que están en el estadio
también, por acción o por omisión, supongo que a eso se refería Jorge Portilla
en “La fenomenología del relajo”, cuando todos hacemos bulla echando relajo nos
escondemos para liberarnos, no es quizá la mejor forma, Apeiron debería liberar
a Apeiron, pero… si todos somos lo mismo no importa el nombre que le demos.
En la novela gráfica de Alan Moore el personaje principal no
es anónimo porque los ciudadanos de Londres se pongan una mascarita (eso no es
anonimato, eso es mascaritas, mascaritas que por cierto son una Marca, no
registrada pero marca, es Anonymus… ¡por Dios!) él es anónimo porque a pesar de
que se devela su historia, su origen permanece como su rostro, oculto. Es
entonces cuando se establece el vínculo, no por la mascarita, sino por desconocer
lo que hay detrás, porque detrás estamos todos.
Y este ejercicio de escribir es quizá lo que me llevó en
segunda instancia a querer revalorar lo anónimo, quizá es chafa en mi caso
porque los que me leen frecuentemente son mis conocidos, sin embargo supongo
que si esto llega a los ojos de alguien que no me conoce es probable que se
identifique con lo que digo, entonces ya no seré yo lo que escribió, será lo
que esa persona interprete lo que importe. Pero ni eso tampoco, porque esa
persona al identificarse con lo que digo dejará de ser ella y empezará a ser un
poquito yo, y entonces habrá que quitarle el nombre. Desenredando madejas diré:
quizá tú no te imaginas al que escribe, pero el que escribe también lo hace
(frecuentemente) para alguien que no tiene nombre, ni cara, ni pasado.
Hace rato mencioné que habría otra instancia que me movió a
escribir esto, una primera, y es que me enteré que después de una ardua
investigación descubrieron el nombre del “árabe” que sirvió de inspiración para
el célebre asesinado en “El extranjero” de Camus. Pero, yo podría perfectamente
seguir mi vida sin saber el nombre de Kaddour Touil y todo seguiría perfecto, a
mí qué chingaos me importaba saber el nombre del árabe, es más, lo
infinitamente cercano de ese personaje es que podría ser cualquiera, el
mexicano en Los Ángeles, el argelino en París, el chileno en Madrid, el
celayense en Querétaro, qué importa, lo importante era el absurdo de la muerte,
el vacío de significado de la propia vida… ¡carajo!, es más, a mí qué me importaba
saber quién era Camus, lo importante era la historia, lo que había detrás de
ella, lo que me identifica a mí y a todas esas personas sin nombre que hemos
leído “El Extranjero”.
Y sí, estoy haciendo un berrinche ¿y qué?
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