Apeiron Romero
01 de enero de 2017
-Palabra… el principio debe ser una palabra.
Ella entrecerró los ojos y dijo: pues sí. Su rostro completó la frase agregando un “pendejo”.
Pero no me refería al evidente hecho de que “principio” es una palabra porque posee una representación gráfica, una sonora, a que posee un significado, un significant y todas esas cosas que permiten que una palabra lo sea. Me refería más bien a que todo tuvo que haber comenzado por una palabra, por un acto de habla, por la necesidad que alguien o algo tuvo de decir. Ni siquiera de comunicar, porque quizá no había nada más que eso diciente (y por tanto no podía poner nada en común). Piensa en esa cosquilla que se vuelve desesperación porque hay algo que quieres decir pero no hay nadie que te escuche (cualquier cosa: un “te amo” por ejemplo) ¿y uno qué hace? Pues lo dice y nada más, ahí está, salió de algún lugar, o de la ubicuidad, o de una garganta, sin planes, sin premeditaciones… o todo lo contrario.
Según “El libro del esplendor” la palabra, es más, la primera letra de esa palabra fue pronunciada luego de un sesudo plan diseñado por Dios quien, según Einstein, no le gusta eso de andar perdiendo el tiempo jugando con dados. “Bereshit bará Eloim” es una expresión que según lo que he sabido podría traducirse como “al principio Dios creó”. Pero el principio no es algo menor, el universo tenía que iniciarse con una letra especial, bet no es ni siquiera la primera letra del alfabeto (no del nuestro mucho menos del judío) ese lugar le corresponde a aleph (del cual debo aclarar que sólo sé que es un puente entre la divinidad y nosotros, que no conozco el libro de Cohelo y que del de Borges no diré nada más porque espero que sea un tema útil para mí en otro momento), pero resulta que Dios eligió a bet por su potencia creadora, por su bondad, el mundo sea lo que sea es bueno, de principio al menos. Pero es aqui hasta donde quería llegar: decir es crear, Dios según la Torá crea con palabras, la creación es un lenguaje. Lo primero que se diga, sea lo que fuese, es el principio, una palabra.
Pero igual, dejémonos de la tradición judeocristiana, los griegos pensaban bastante distinto, para ellos la creación no era inicio de nada, todo estaba ahí, suspendido, sin movimiento armónico, hecho un caos. Pero ¿cómo inició todo entonces? El inicio se dio por Eros, quien (ah pillín) provocó el movimiento del cosmos al acercar al cielo y la tierra para unirse amorosamente, pero pues: por una parte el movimiento, el acercamiento de uno a otro es lenguaje, tomar una cadera con la mano, acariciar un talle, apretar una pelvis con otra eso ya es decir algo. Por otra, cualquier cosa que padre Urano le haya podido decir a Gaia haciéndole saber sus intenciones ya es una palabra, desde “deseo” hasta “chiquitita”, cualquier cosa que enamorara cortés o patanamente a Gea implica el inicio de lo que hoy llamamos realidad.
Y pues ya siendo más simplón (sí, puedo ser más), cualquier sonido que emitiera una gran cantidad de átomos reuniéndose generando materia a temperaturas inimaginables (no es cierto, imagínalas como quieras) implica una onomatopeya: si hubo una gran explosión tuvo que sonar como bum, o bang, o prrr, o algo, pero inició con un estruendo que que convertimos en palabra.
Por eso creo que todo inicia con una palabra, con una conversación, con un “hola, ¿ no quieres dulce de guayaba?” o con un “según la teoría gestalt”, por eso quiero iniciar el año con palabras, con estas sueltas y deshilvanadas, con algunas que te hayan gustado, con otras 364 iniciales de un texto con las que espero continúe este proyecto. Por eso me parecía tan importante empezar y concluir este texto con el vocablo “palabra”.
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