Apeiron Romero
16 de enero de 2017
El 24 de enero del 2005 se anunció por primera vez el que
sería considerado el día más triste de año. Se calculó (en realidad es una
buena broma) a partir de variables tales como el nivel de deuda adquirida, el
tiempo transcurrido después de navidad, las semanas en los que tus propósitos
de año nuevo (o al menos alguno de ellos) habían fracasado rotundamente (habrá
que pensar en que si del principio de año, a la tercera semana de enero no
saliste a trotar una vez, tan solo una vez, tu propósito ya fracasó estrepitosamente),
el tiempo que faltan para otras vacaciones y, desde luego el hecho de que es lunes, es más, es este
último factor el que le da nombre a este día más triste del año: Blue Monday.
Desde luego esto no fue más que parte de una charada para
atraer a clientes para una agencia de viajes, la pseudociencia es osada, pero
debemos reconocer que goza de mucha popularidad (¿o no Tom Cruise?). En realidad
sí tenemos motivos para estar tristes, pero eso no depende de un solo día, eso
es una ardua labor que toma como dicen los anglo parlantes de un veinticuatro siete
por qué pensar que hay días más o menos tristes si la nubes pueden aparecer en
cualquier momento, si el pasto del vecino siempre va a ser más verde. Es decir,
¿Quiénes somos para creer que los lunes son particularmente más atroces que el
resto de la semana? No podemos odiar el lunes más que el domingo, no somos
Garfield.
En realidad la tristeza es un estado que nos acompaña todo
el tiempo, es parte inherente de la condición humana, hay muchos motivos,
inclusive los más pequeños e insignificantes, que pueden convertir un día
perfecto en uno de los más miserables que tengamos memoria. Yo, en lo personal,
he padecido ocasiones en lo que preparándome para un festejo que debería
suponer un día de regocijo y celebración, todo se vuelven una pesadilla porque
el nudo de la corbata no me queda bien o porque ese último pinche botoncito de
la camisa que va pegado a la manzana de Adán no cierra adecuadamente.
Pero lejos de lo que algunos
optimistas opinan, el ser una persona triste no es un rasgo de debilidad, o de
poca inteligencia, al contrario, la tristeza es un signo de inteligencia. La vida
de algunos es más dura y difícil quizá por su capacidad de entender que, como
dice cierta parte de la tradición cristiana, este es un valle de lágrimas. La vida
no es una fiesta, y saberlo percibir es propio de personas con una mentalidad y
una visión aguda. Franz Kafka no era un imbécil, quizá por eso entiende que la
vida es un constante callejón sin salida en el que unos nos entrampan y otros
nos vemos frustrados por no encontrar una salida. La felicidad está padre pero
tiene dos defectos: quién es feliz lo es sólo por un periodo bastante breve, o
quien es feliz siempre es porque es un tonto. Schopenhauer lo muestra muy bien
cuando nos refiere que el teatro que mejor representa a la vida es la tragedia,
porque siempre termina mal, como debe ser, la comedia sin embargo es falsa o
por lo menos limitada porque termina cuando todos son felices pero no nos dice
qué sucede después. ¿La bella durmiente no sentirá una gran infelicidad luego
de enterarse que su príncipe encantador en realidad abusó de ella mientras
dormía? ¿No moriría Cenicienta vieja y un tanto desilusionada de su vida de
princesa pensando que en realidad al príncipe no le importaba si ella era o no
la indicada tan solo porque su pequeño pie calzó aquella zapatilla? Seamos
realistas, la naturaleza de los finales es triste, por eso son finales.
Pero la muerte no es lo único
triste que tenemos que vivir. Por muchos logros que tengamos en nuestro
palmarés la verdad es que nunca estaremos satisfechos, o como dice Leduc “No
haremos obra perdurable” todo esfuerzo será inútil, esa es nuestra condición. Somos,
como diría Sartre “una pasión inútil”.
Pero ahora que sabemos eso lo que
queda es tomar distancia, percibir el mundo en toda su miseria y entender que
todo es así. De otro modo el mundo no sería el enorme campo de batalla que
implica el escenario del heroísmo. Aquiles es famoso porque a pesar de su
poderío murió, y eso es trágico pero glorioso a la vez. Job no habría podido
redimirse si no fuese precisamente por su vida de infortunios ¿Blue Monday? Por
favor, eso es para blandenguez, lo que hay que vivir es la blue life.
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