Apeiron Romero
15 de enero de 2017
Siempre me han intrigado el
origen de algunos conceptos. Unos por su simplicidad y otros precisamente por lo
contrario. Huelga decir que si son un enigma para mí no sólo me refiero a que
ignoro su origen etimológico, sino a que como todo concepto han sufrido tantas
modificaciones hasta llegar a mí, que debe ser interesante saber cómo se
concebían en otros tiempos, en otras culturas. Uno de esos conceptos es el de “amistad”,
desgraciadamente no soy un arqueólogo
conceptual y haré lo poco que me queda para explicarlo, ensayar.
Desconozco si en la Grecia
antigua había otro concepto para amistad distinto al de “Filia”, pero este es
muy cercano a describir este tipo de relaciones cercanas, sin embargo no es
exactamente lo que conocemos en el mundo occidental como amistad. Baste resaltar
que también traducimos filia como “amor”, es decir, cualquier sentimiento de
atracción o de preferencia hacia a una persona, o hacia alguna actitud o
actividad, podría ser englobado en el concepto filia. De ahí una parte del
problema que tengo al interpretar “El simposio” de Platón. Porque a pesar de
que la atracción sexual puede ser definida por Eros, o encarnada en Afrodita,
la relación amorosa que plantea el personaje de Sócrates es más similar a una
amistad. Te enamoras de las cualidades intelectuales que sólo una persona
semejante a ti posee, y no me refiero a que la otra persona tenga tus mismos
defectos, sino que la otra persona puede tener el interés de conocer más, de
indagarse la realidad como tú. Un amigo frecuentemente es una persona que no te
ayuda a saber más porque te lo explique, sino porque ignorando tanto como tú, está dispuesto e interesado a compartir el
viaje, la búsqueda en pos de aquello que se desea develar.
También está esa otra parte de la
amistad que resulta francamente utilitaria, en las sociedades antiguas en las
que la guerra era parte fundamental de la estabilidad y el crecimiento del
pueblo, la camaradería era algo importantísimo, hay que recordar que si te van
a educar para ser un guerrero debes aprender a confiar en el que tienes a tu
lado, el otro resulta un escudo, es una protección y un arma a la vez. Piensa
que estás en una situación de guerra y lo único que tienes para proteger tu
retaguardia es un colega, qué miedo, ¿qué tal si te traiciona? En una situación
de guerra no tienes otra que confiar en ese que tienes al lado, debe ser una
confianza ciega, si te traiciona se traiciona a sí mismo, se pone en peligro.
Lejos de esta visión bélica,
también tenemos esa necesidad de sentirte identificado por algo, de sentirte
parte de un grupo. Somos echados al mundo luego de tenernos calientitos y
seguros en el vientre materno, eso implica un hecho violento, una especie de
abandono, así que a lo largo de nuestra vida queremos identificarnos con gente
que esté igual de sola que nosotros, que les guste lo mismo. Entender el mundo
junto con otra persona te conduce a afirmar ingenuamente que ese mundo existe. Un
amigo frecuentemente te ayuda a convalidar la existencia o engañarnos sobre la
misma.
Desde luego que la amistad es el
primer paso para una traición, desde que el violentísimo arrebato de dejar de
creer en ese amiguito del kínder porque le gusta la misma niña que a ti (lo
cual me deja solo de dos partes, porque me deja sin la niña y sin el amigo)
hasta el amigo de mucho tiempo que te clava la primera daga para que luego te
dejen como coladera (tu quoque fili mi, diría Julio Cesar). Pero es un riesgo
que debe ser corrido, nos amargará la vida sin lugar a dudas, pero nos hará más
fuertes.
Así que cuando veo a los niños
saliendo de la primaria hablándose con maldiciones de esas que no duelen estoy
seguro que el aprendizaje que están estableciendo es frecuentemente más
importante que el que hace unos minutos recibieron del profesor. El primer
deber de la escuela es, quizá, forzarnos a hacer amigos, a saber qué
compartiremos y qué rechazaremos de los demás. Aprendemos en comunidad, es
cierto la traición duele muchísimo, pero nos ayuda a entender que la evolución
no es un fenómeno meramente individual, evolucionamos también como especie.
A lo largo de mi desarrollo he
sido amigo y he pertenecido a grupos de amistades. Seguro olvidaré a muchos en
la siguiente lista pero me atreveré a mencionarlos: gracias a los de la
primaria, a los de “La banda de atrás”, a los “Tomatitos”, a los “Junkies del Bajio”,
a los “Wissengrund", a los del taller de Toño Vilanova, a los del taller de “Obra
Negra”, a los de “la Telaraña”, a los de mi familia que también son mis amigos,
a los otros que no menciono en un grupo pero que saben que el viaje compartido
con ustedes ha sido todo un placer, y desde luego a la camarada “Ella”, porque
su amistad es un incentivo que me permite seguir insistiendo en estar vivo y en
hacer una vida con ella (Te amo). ¡Salud Amici!
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