Empezaré por hacer el trabajo de la
gente inteligente y crítica que podría reprocharme mi actitud. Sí, la temporada
navideña es terrible, espantosa, se deriva de tradiciones asociadas a un
colonialismo nefasto, no celebraríamos navidad si el cristianismo no se hubiera
vuelto una poderosísima arma ideológica que pasó de ser una secta judía,
seguida por gente ignorante de la gleba: Pescadores, carpinteros, prostitutas,
publicanos, cobradores de impuestos, perjuros y parias del pueblo elegido que
traicionaron sus principios, a convertirse en la religión oficial del imperio.
El cristianismo fue una manera de garantizar que las promesas del judaísmo se
volvieran un fenómeno cosmopolita lo que aseguró que todos en Roma creyeran en
lo mismo por la fuerza, por la violencia, por la guerra disfrazada del amor del
mesías.
Además, de ser un acto
conmemorativo del nacimiento de un profeta que predicó el amor, la austeridad
(tan de moda y tan ausente en las clases gobernantes hoy en día), la navidad se
convirtió en una festividad frívola en la que el perverso capitalismo nos
conduce a gastar lo que no tenemos en regalos que frecuentemente resultan
decepcionantes para quien los recibe (¡qué bonitos calcetines! Es una frase muy
común acompañada por una cara rara que más bien se transforma en una mueca).
Por último, la navidad es una
época de buenas intenciones y camaradería falsa, efímera, del amor y los buenos
deseos que nos invaden en diciembre, pasamos al olvido, a la beligerancia de
todos los días, a reproducir entre dientes maldiciones para aquellos que en
navidad les deseamos parabienes.
Sí, sí, sí Grinches, los
comprendo perfectamente, pero al menos en mí la temporada navideña despierta
una emoción particular, me motiva, se siente raro, bien diría yo: Poner el
arbolito era una actividad que deseaba conforme el veinticuatro de diciembre se
iba acercando, era una forma de observar a mi padre dándonos un poquito de
felicidad a todos, no se diga luego cuando él mismo papá bajaba tablas y cajas
de madera para diseñar cada año un belén distinto, con cerritos de musgo y
lagos de papel aluminio: así como era de mi mamá la función de hacer ponche y
buñuelos, era la función masculina de mi padre montar la infraestructura del
nacimiento, seguida desde luego de la correspondiente participación infantil de
mis hermanas que junto conmigo poníamos las figuras intentando que
representaran las actividades propias de cada uno de los personajes. Era jugar
un poquito con aquellos muñequitos para que representaran una historia que cada
año se repetía y cobraba sentido.
Recuerdo que antes de navidad me
gustaba tirarme de panza al suelo y jugaba con los muñecos que eran usuales
según la temporada (figuras de acción, perdón, yo no tenía muñecos a lo mucho
monos, yo soy niño), el árbol era el bosque donde se ubicaba el cubil felino,
la vegetación de la montaña del castillo de “Greiscol” (GraySkull), la arena
México y bajo las luces intermitentes de las series navideñas hacían su
presentación lo más connotado de la lucha libre mexicana. Con un poco de suerte
luego de navidad la parte inferior del árbol se convertiría en el viejo oeste o
el amurallado castillo medieval donde representaban cientos de historias unos
monitos de Playmobil.
Quizá parte de la dilapidación
que luego hice de adulto viene de una navidad en la que no la pasábamos tan
bien. Yo en ese entonces era muy ahorrador, pero mis hermanas me convencieron
que el dinero que tenía en mi alcancía podría utilizarse en comprar el árbol de
navidad porque ante la crisis familiar era probable que no hubiera ¿qué podía
hacer yo? Estaba ante mí la oportunidad de ser un héroe. No había más que
decir, salvé la navidad. Desde entonces soy un pésimo ahorrador, pero soy muy
feliz cuando puedo hacer un regalo.
Pero la navidad para mí no es
importante sólo por mi niñez, cuando fui mayor y mi papá no podía hacer el
nacimiento por cualquier cosa, mi mamá me pedía a mí que lo hiciera (hoy en día
en mi casa me siguen pidiendo que le ayude a mi pá) imagínense, eso era como
tomar mi estafeta, como una especie de rito de madurez, mi Bar Mitzvah.
Cuando me fui de la casa a vivir
con “Ella”, la navidad era doble, había dos regalos conmigo, el de siempre y
estar viviendo con ella, desde luego que me corrigió muchas veces la manera en
que montaba los adornos, y fue la primera vez que tuve una árbola, le puse así
porque compramos series rosas y moradas con esferas de los mismos colores y en
la punta lo remataba un moño muy simpático que lo hacía ver como aniñada (ya
sé, estoy haciendo un estereotipo de lo femenino, pero por favor feministas
recalcitrantes, concédanme que al menos tradicionalmente el rosa es un color muy
femenino). Con respecto al nacimiento, además de algunas figuras que ya teníamos, mi papá me regaló un pesebre, el que fungió como un amuleto de buenos
deseos.
Pero todo se termina, y generalmente
acostumbro quitar el nacimiento el fin de semana más cercano al de mi
cumpleaños (sí, soy capricornio), pero esta vez aún no lo quito, sé que
inminentemente mañana se va, y cada vez es más difícil quitarlo porque
significa que cada vez me quedan menos navidades que disfrutar. Esperaré con
cierta emoción la próxima vez que saque el árbol de la caja, ahora me volverá a
tocar hacer el ponche. Seré feliz al menos por otra temporada. Esperando la
mirada inquisidora de los grinches.
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