viernes, 13 de enero de 2017

Adiós a la temporada

Empezaré por hacer el trabajo de la gente inteligente y crítica que podría reprocharme mi actitud. Sí, la temporada navideña es terrible, espantosa, se deriva de tradiciones asociadas a un colonialismo nefasto, no celebraríamos navidad si el cristianismo no se hubiera vuelto una poderosísima arma ideológica que pasó de ser una secta judía, seguida por gente ignorante de la gleba: Pescadores, carpinteros, prostitutas, publicanos, cobradores de impuestos, perjuros y parias del pueblo elegido que traicionaron sus principios, a convertirse en la religión oficial del imperio. El cristianismo fue una manera de garantizar que las promesas del judaísmo se volvieran un fenómeno cosmopolita lo que aseguró que todos en Roma creyeran en lo mismo por la fuerza, por la violencia, por la guerra disfrazada del amor del mesías.
Además, de ser un acto conmemorativo del nacimiento de un profeta que predicó el amor, la austeridad (tan de moda y tan ausente en las clases gobernantes hoy en día), la navidad se convirtió en una festividad frívola en la que el perverso capitalismo nos conduce a gastar lo que no tenemos en regalos que frecuentemente resultan decepcionantes para quien los recibe (¡qué bonitos calcetines! Es una frase muy común acompañada por una cara rara que más bien se transforma en una mueca).
Por último, la navidad es una época de buenas intenciones y camaradería falsa, efímera, del amor y los buenos deseos que nos invaden en diciembre, pasamos al olvido, a la beligerancia de todos los días, a reproducir entre dientes maldiciones para aquellos que en navidad les deseamos parabienes.
Sí, sí, sí Grinches, los comprendo perfectamente, pero al menos en mí la temporada navideña despierta una emoción particular, me motiva, se siente raro, bien diría yo: Poner el arbolito era una actividad que deseaba conforme el veinticuatro de diciembre se iba acercando, era una forma de observar a mi padre dándonos un poquito de felicidad a todos, no se diga luego cuando él mismo papá bajaba tablas y cajas de madera para diseñar cada año un belén distinto, con cerritos de musgo y lagos de papel aluminio: así como era de mi mamá la función de hacer ponche y buñuelos, era la función masculina de mi padre montar la infraestructura del nacimiento, seguida desde luego de la correspondiente participación infantil de mis hermanas que junto conmigo poníamos las figuras intentando que representaran las actividades propias de cada uno de los personajes. Era jugar un poquito con aquellos muñequitos para que representaran una historia que cada año se repetía y cobraba sentido.
Recuerdo que antes de navidad me gustaba tirarme de panza al suelo y jugaba con los muñecos que eran usuales según la temporada (figuras de acción, perdón, yo no tenía muñecos a lo mucho monos, yo soy niño), el árbol era el bosque donde se ubicaba el cubil felino, la vegetación de la montaña del castillo de “Greiscol” (GraySkull), la arena México y bajo las luces intermitentes de las series navideñas hacían su presentación lo más connotado de la lucha libre mexicana. Con un poco de suerte luego de navidad la parte inferior del árbol se convertiría en el viejo oeste o el amurallado castillo medieval donde representaban cientos de historias unos monitos de Playmobil.
Quizá parte de la dilapidación que luego hice de adulto viene de una navidad en la que no la pasábamos tan bien. Yo en ese entonces era muy ahorrador, pero mis hermanas me convencieron que el dinero que tenía en mi alcancía podría utilizarse en comprar el árbol de navidad porque ante la crisis familiar era probable que no hubiera ¿qué podía hacer yo? Estaba ante mí la oportunidad de ser un héroe. No había más que decir, salvé la navidad. Desde entonces soy un pésimo ahorrador, pero soy muy feliz cuando puedo hacer un regalo.  
Pero la navidad para mí no es importante sólo por mi niñez, cuando fui mayor y mi papá no podía hacer el nacimiento por cualquier cosa, mi mamá me pedía a mí que lo hiciera (hoy en día en mi casa me siguen pidiendo que le ayude a mi pá) imagínense, eso era como tomar mi estafeta, como una especie de rito de madurez, mi Bar Mitzvah.
Cuando me fui de la casa a vivir con “Ella”, la navidad era doble, había dos regalos conmigo, el de siempre y estar viviendo con ella, desde luego que me corrigió muchas veces la manera en que montaba los adornos, y fue la primera vez que tuve una árbola, le puse así porque compramos series rosas y moradas con esferas de los mismos colores y en la punta lo remataba un moño muy simpático que lo hacía ver como aniñada (ya sé, estoy haciendo un estereotipo de lo femenino, pero por favor feministas recalcitrantes, concédanme que al menos tradicionalmente el rosa es un color muy femenino). Con respecto al nacimiento, además de algunas figuras que ya teníamos, mi papá me regaló un pesebre, el que fungió como un amuleto de buenos deseos.
Pero todo se termina, y generalmente acostumbro quitar el nacimiento el fin de semana más cercano al de mi cumpleaños (sí, soy capricornio), pero esta vez aún no lo quito, sé que inminentemente mañana se va, y cada vez es más difícil quitarlo porque significa que cada vez me quedan menos navidades que disfrutar. Esperaré con cierta emoción la próxima vez que saque el árbol de la caja, ahora me volverá a tocar hacer el ponche. Seré feliz al menos por otra temporada. Esperando la mirada inquisidora de los grinches.  


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