Apeiron Romero Torres
Lo sé, el miedo siempre es mal consejero, excepto por aquellas veces en que no lo es y punto. El miedo puede (y lo ha hecho) hacerme quedar en mi casa y perderme de aquella fiesta buenísima en la que, además de libar y bailar (me encanta que esas dos palabras se parezcan tanto y sean tan divertidas), iba a encontrarme con quien desde ese momento y para siempre iba a ser el amor de mi vida… de los próximos tres meses claro, o sepa Dios, quizá en serio de toda mi vida. Pero a veces el miedo es sabio como en aquellas ocasiones en que muy sensatamente me dice que me quede en casa resguardado de ese mundo vil y engañoso que, además de no tener qué ofrecer, representa importantísimos peligros a mi pellejo. Pero es en ese momento donde el superutano irresponsable de mí decide que: ¡Sí, fiesta! Y ahí voy con el ánimo por los cielos y la cordura por los zapatos, con mi cachaza de hombre de mundo divertido y… ¡zas! Borrachazo directo a mi autoestima y moral, uno que otro diente dolorido, raspones, hinchazones, la bonita luz de la mañana apareciendo por detrás de la reja de una jaula, o la bonita ingesta de suero por medio de las venas… lindo panorama, ¿no?.
Afortunadamente el miedo a la fiesta no es el peor de mis males, unos cuantos días de reposo y buen comportamiento hace de mí un perfecto santo que hasta vuelve a escribir unas líneas esperando (oh sí por favor) un poco de sanísima catarsis. Pero repito, eso es quizá en este momento lo que menos me preocupa, hay temores mucho más sofisticados y a los que francamente no me da la gana hacer frente, temores nacidos de las preguntas que nos hacemos todos: ¿vale la pena decir lo que se siente?, ¿es bueno intentar ser creativos?, ¿a quién demonios le interesa qué y cómo digo las cosas? Son miedos comunes y quizá por eso más escalofriantes, supongo que le pasa al pintor cuando está frente a su lienzo (o su pared si es pintor de brocha gorda o grafitero), al músico confrontando la partitura vacía, al arquitecto cara a cara con pliego donde hará sus planos, al matemático ante la ecuación no resuelta , a los escritores (y escribidores como yo) cuando por delante de nosotros se planta una hoja de papel vacía, ya sea real o supuesta en la pantalla gracias a un programa de computo…(bendito y pinche programa de computo que prefiero que tengas muy presente al leer esto, porque volverán a aparecer pa’ meterme miedo… mucho miedo)
Pero llega un momento en que decir se vuelve parte de uno, yo aprendí a decir las cosas por necesidad, por costumbre, por oficio, o porque soy la persona más chismosa que conozco. Pero decir no significa ser escuchado, así como escribir no implica ser leído, decir lo que piensas y cómo lo piensas es un compromiso serio, es exponerte a lo que los demás opinen de ti. Y no me refiero a la crítica especializada porque… porque mis modestos textos no se enfrentan a la gran crítica (como ese pobre de García Márquez al que todos alaban y lengüetean metafóricamente por el terrible pecado de ser un gran escritor… qué buen gusto de Cortazar de morirse a tiempo), me preocupa más que se me juzgue por quién soy, tengo miedo de que la gente conozca mis pequeñas debilidades y las utilice a su favor, o simplemente me lastimen por imprudentes o por diversión, pero… un momento. Nadie dijo que tuviera que decir la verdad, o por lo menos no toda completa, con un poquito de imaginación, un tanto de malicia y poniendo las mentiras entre un montón de verdades nadie se dará cuenta de cuál es el Apeironcito real y … listo, nadie se tiene que enterar de qué es verdad y qué tanto mentira. Jojojojojo (léase como risa siniestra).
Pero todo era lindo cuando al principio sólo le daba a leer mis cosas a mis amigos, a mi enemigos, y a todos los demás que están en medio de eso. Pero resulta que a Toñito se le ocurrió invitarme a una aventura en la que nunca hubiera supuesto participar: escribir una columna semanal para “El Corregidor de Querétaro” la respuesta fue inmediata, dura, y definitiva ¡Tengo miedo! Pero como el Toño es a toda madre me convencí de participar, además, quién sabe qué persona se iba a atrever a leerme, Querétaro es tan grande, yo estoy tan lejos despistando al enemigo, y la verdad sería chido saber que lo que digo está ahí, al alcance de una jaula de periquitos antes de que la llenen de mierda.
Pero como todo en esta vida mi participación en “El Corregidor” tenía que acabar, y agradezco el tiempo que estuve ahí porque fue bien divertido y me acostumbró a escribir algunas líneas semanalmente. El problema es que la falta de práctica, la aniquilación de la costumbre, me hizo ir entrando a un estado de franco… energumenamiento.
El energúmeno que soy se enfrentaba a la posibilidad de entrar en el ciberespacio a través de, oh yeah, un pinchi programa de computo, pero eso no era lo peor, sino que ahora podría estar a disposición de toda la red; viéndome; juzgándome; y haciendo crítica pero no especializada, sino de esa baladí que tanto abunda y tanto me aburre, y que energumenazaría más. No, crear un blog no me latía, es exponerme a mí, a mis sentimientos y compromisos en manos de Juan de los palotes. Pero era una forma de comprometerme con la gente a escribir, al menos semanalmente, obligándome a … ¿qué crees? Sí, tener que escribir cada semana, es un arma de doble doble filo: escribir por necesidad, pero exponerme a la gente que trolleará y spameará mi blog por una parte, y escribir por sano hábito cada semana, exponiéndome a que se convierta en una pesada obligación más que un placer. To blog or not to blog? Esa era la pregunta.
No estoy muy seguro de lo que estoy haciendo, pero lo haré, bloguearé y no sólo será mi problema, ustedes serán complices de Apeiron : yo me comprometo a seguirles mintiendo entre un montón de verdades, y ustedes se comprometen a no exigirme que escriba cada semana sino religiosamente cuando me dé la gana… tomaré tu silencio con un trato hecho, y con un enorme placer te diré: hasta el próximo filosofema.
Fin De Transmisión.
Estoy muy precibernética...no supe cómo guardar el comentario que había puesto acá.
ResponderEliminarEn fin, gracias por la invitación. Y escribe sólo por que quieres, sin compromisos, creo que es la única forma honesta de hacerlo. Y lo que está escrito honestamente está bien escrito :-)
Ahhg... exponerse....
ResponderEliminarsi yo supiera escribir hubiera escrito eso jaja..
te revuelves en muchas cosas que ni pa' que
ResponderEliminarNo te dejes niceno, lo chido de la vida es revolverse y hacerse la vida un nudo, si no, pues que pinche guevaaaaaaaaaaa...!!
ResponderEliminartu pikachu el moch