Mi abuelo decía que lo peor de las crisis es que nunca vienen solas, sino que llegan unas junto con otras…
Cuando estaba en la frontera de los diecitantos y los veintes odiaba profundamente a aquellos viejos rabo verde treintones que se ligaban a las chicas que a mí me gustaban. Los odiaba porque al de la misma forma que ellos yo tampoco quería grandes compromisos, todo lo contrario, esperaba a una mujer inteligente y “openmind” que tuviera a bien conocerme, quererme y regalarme valiosísimo tiempo/sexo. Pero a diferencia de ellos yo no lo obtenía, los odiaba cuando los veía llegar, cuando observaba la cara de las chavas, detestaba no sentirme interesante como esos viejos.
El resto de mis veintes me mejor. Era un tipo joven, y podía conseguir chicas mayores o menores que yo con los mínimos de problemas necesarios para cualquiera (el trámite del coqueteo, la conquista, etc.) pero siempre guardé con amargura y un poco de morbo el momento de conquistar a una chica unos diez años menor que yo cuando tuviera 30, veía en eso cierta vocación de sadismo suculento.
Ahora tengo 30, me veo a diario en el espejo y noto nuevas arrugas, o canas, o menos pelo, tengo la salud de un roble… infectado con cierta plaga terrible. Y me doy cuenta de que aquello que parecía tan divertido cuando yo era joven resultó en mi caso una desesperada búsqueda de aceptación. Buscaré chavitas para sentirme joven, les chupare la sangre porque a mi crisis económica le acompaña mi crisis de los 30.
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