jueves, 8 de julio de 2010

“La ZC Rifa”

Ver a los amigos debería ser siempre motivo de alegría, de añoranza, de pasar buenos momentos. Sobre todo si esos amigos tuyos fueron en el pasado entrañables cómplices y artífices de travesuras infantiles. Y luego compañero de las primeras parrandas, vigía de la puerta en los primeros encuentros amorosos, confesor en los primeros dolores por amor… y secuaz en aquellos momentos en que, en un acto de audacia infinita, nos atrevíamos a pintar en la pared “Apeiron y Christel”, “Silverio y Paola”, o nuestra clásica pinta: “LA ZC RIFA”.
Pero a veces a gente cambia. La madurez nos viste de mamonería. Y eso molesta, “calienta”, nos hace pensar que el rufián-cómplice de la niñez es un farsante. A mí me hizo pensar que ese que llegó al bar el sábado ni era Silverio ni era nada. Y quizá es porque la traición de Silverio a lo que éramos es el reflejo de mi propia traición (ni estoy en la guerrilla, ni soy un rockstar, ni una estrella de basquetbol).
Pero no soporté que su petulancia de entendedor del arte nacionalista me hablara de los murales de Rivera como un evento “trascendente y rebelde”. Hice mi cara de “cállatebaboso” y respondí: mira Silverio, a mí me parece que lo que hizo Rivera fue muy fresa, prefiero a Siqueiros pero ni él, ¿no te acuerdas de nosotros haciendo pintas?, viendo que la tira no llegara y nos cargara. Eso es rebeldía, eso es consecuente. ¿Has ido a ver el árbol de la calle empinada? Ahí siguen tu mugrosa letra y nombre encerrados en un corazón con el nombre de la piernuda (así le decíamos a Paola).”
Silverio me vio con aire divertido, “me dijo eres un mamón”, y nos fuimos a la parranda que terminó frente un árbol de la calle empinada.

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