Me encantan los escenarios. El lugar donde se desarrollan las historias no sólo es un lienzo en el cual pintar, un escenario es un actor de lo que se cuenta. Y para comprobarlo no hay nada mejor que leer una historia de terror. En ellas el ambiente donde se desarrollen los acontecimientos es importantísimo. En la novela de Frankenstein los lugares cambian tanto como cambian las circunstancias de la crea tura o del propio Dr. Frankenstein. ¿Podría terminar de otra forma más contundente la creatura que en la soledad pura de las nieves polares?
Por eso quiero que este sea un homenaje a un escenario clásico. Que es una consecuencia urbana, que se genera a partir de que el ser humano cambia su entorno para hacer más fácil ir de un lugar a otro. La calle es un lugar en el que sales del encierro, donde es posible enfrentarse a los miedos, el de que te asalte, atropellen, o te lleve el robachicos. Es el hogar de los vagos, de los ebrios, de las mujeres que pasan haciendo volar nuestra imaginación, el lugar donde te enfrentas a tu conciencia porque, a pesar de ser donde te fundes con todos, es el lugar donde más solo puedes estar, porque caminas entre todos, pero nadie sabe lo que cargas por dentro. Amo a la calle aunque le temo. Me da miedo porque siempre me dijeron que era malo, porque fue donde escuché la primera palabra ofensiva, y dónde me reprimieron por repetirla, Porque de ahí me “sacaron” para meterme en la cárcel. La amo porque ahí fue donde encontré a la chica de mi vida, porque ahí me consoló por primera vez la charla con una prostituta, porque me calma caminar por ella. Por eso agradezco a la calle. A las esquinas, a las aceras, a las puertas.
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