jueves, 8 de julio de 2010

La agonía de la infancia

Siguiendo en algún sentido la filosofía de Heráclito podemos afirmar que todo el universo en su devenir se termina. Algo para poder existir tiene que estar en constante decadencia. Todo lo que es está dejando de ser, cambia, se modifica todo el tiempo.
Y eso le pasa a mi infancia, a la de todos pues, vamos dejando a cada instante de ser niños, y eso es más notorio cuando… somos adultos, o pretendemos serlo. El problema es que en muy pocos meses mi infancia ha sufrido severos ataques que me dejan más amargado que siempre.
Primero hace poco más de seis meses murió mi madre, sibn la cual huelga decirlo no habría Oscar ni infancia que perder, ni adulto quejándose. Mamé de ella más que lo necesario para desarrollarme de bebé, me dio muchas cosas, tanas que extrañarla hace la vida cuasi imposible.
La semana pasada murió mi padrino Frank, un estadounidense entrañable que se casó con mi ti y que para mí era como mi Santa Claus particular, pero no por los juguetes, sino porque era ese tipo espectacular que esperaba ver cada vez que venían de visita, su llegada me emocionaba, era franco, directo y amoroso.
Y esta semana mi abuela paterna, la última de mis matriarcas, mi última abuela, el tronco del cuál se deriva esta pequeña rama, el amor de la casa materna en la cual todos los Romero nos reunimos, nos conocemos, y hemos llegado a formar una pinchi familia de locos porque se quieren demasiado.
Mi infancia se muere, pero no podría morir si no estuviera ahí gracias a ellos, los quiero, gracias. De verdad, por todo lo que soy.

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