Me molesta pensar en los homenajes, y sobre todo los que son póstumos. Es como un contrasentido: los homenajes sirven para hacer persistir la memoria para intentar escapar de la muerte. Es como querer tener hijos para persistir, pera seguir cuando ya no estemos, cuando todo se haya acabado para nosotros. Pero cuando eso pase no servirá de nada, nosotros no seremos lo mismo ni nuestros hijos serán nosotros… es injusto, que pasemos toda la vida creando algo que llamamos “yo” y luego se vaya a la nada con sólo morir resulta francamente defraudante. Por ello los homenajes póstumos son peores y son contrasentido, es festejar la vida de alguien que ya no vive.
Sin embargo concedo toda la razón a aquellos que basan la persistencia de la persona basada en el recuerdo. No me quejo de que la gente simplemente se vaya y deje de hacer cosas, que cesen la actividad creativa. Eso es lo que nos ha hecho humanos, dejar testimonio de lo que somos es lo que, en sí, nos hace ser.
Nosotros, los del sur, los que no tenemos el privilegio de estar en “arriba” en el mapa. Tenemos muchas más cosas de que quejarnos de que de la mera muerte. Nuestra vida es más… vívida. Por eso me parece una burla el homenaje. Por eso no lo haré y sólo contemplaré la creación del humano, del maestro.
“El día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrará los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.”
“Ese gran simulacro”
Mario Benedetti
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