Me niego, El dios ocio se ha apoderado de mi cuerpo y no quiero mover ni un músculo de los que estructuran mi aletargado cuerpo.
Es el día de entrega del texto que tengo que enviar al diario y la verdad es que también el cerebro se me ha puesto en huelga, no quiere ni pensar en que se tiene que levantar del sofá, ir hasta la computadora y empezar a aporrear las teclas. Pero estoy seguro que mi editor que es un energúmeno se quejará sí saco algún as de la manga, como mandar una página en blanco y decir que el escrito es una composición acerca de mis esperanzas puestas en la capacidad humana, o mandar una hoja con un par signos de interrogación aludiendo las certezas de la vida. Así que me decido y me pongo en marcha rumbo al ordenador.
El intento de pensar en algo más o menos interesante qué decir se vuelve nulo, llevo aquí mucho tiempo y no me decido a reaccionar violentamente contra el teclado, ¿Por qué tenemos que pensar en que debemos hacer las cosas?, es decir, en qué momento ocurrió que la vida dejó de ser divertida, dónde quedó el hecho de vivir sólo para hacer del día un lugar en que se vive el momento. Me siento traicionado por mí mismo. He vuelto mi vida una esclavitud de lo que pasará mañana: tengo que ir al trabajo, tengo que ver a mi familia, tengo que ir a ver a tal funcionario, etcétera.
Mientras vamos creciendo nos vamos llenando de responsabilidades y eso nos vuelve, paradójicamente, más irresponsables. Porque nos olvidamos de vivir el segundo exacto que está pasando. Siempre es pensar mañana, como si no supiéramos que algún día ese mañana ya no vendrá. Es irresponsable pues, pensar en el mañana si no somos capaces de vivir el minuto en que se está pensando en ese “mañana”.
Pero cómo pensar sí no nos damos tiempo ni para vivir, ni para disfrutar de un momento de flojera. El ocio es visto como malo porque, según algunos viciosos del trabajo, es improductivo, pero eso también es una mentira.
Recordando un poquito a Herbert Marcuse diré que, el tiempo que antes se dedicaba al ocio hoy es ocupado por el consumo. Es decir, ya no nos basta con sólo con vivir como esclavos de nuestros trabajos y ocupaciones, sino que además nos dedicamos a llenar los momentos en los que no hay trabajo en comprar cosas. Cosas que, dicho sea de paso, nosotros hacemos con nuestros trabajos.
¿Cómo demonios sé quien soy, si no tengo tiempo ni para preguntarme eso?. Recuerdo que cuando niño pasa mucho tiempo sentado en el patio de mi casa viendo hacia el cielo, y preguntándome exactamente el punto que ocupo en el universo, y por qué Dios hizo el mundo como lo hizo. El ocio que se presentaba luego de la importantísima hora del juego me permitía usar la imaginación, hoy rara vez me acuerdo de lo que es tener eso. Jugar a lo que quiero ser, preguntarme cómo quiero ser y para qué, soñar despierto... ¿dónde se fue todo eso?
El ocio permite el descubrimiento (si Newton no hubiese estado de flojo bajo un árbol no tendríamos la ley de la gravitación universal), permite también la reflexión, la palabra escuela significa precisamente eso: ocio. Cómo puede ser improductivo el tiempo que se ocupa en educarnos.
No nos equivoquemos, “hechar la güeva”, “estar de fiaca”, “tirar la barra” no son frases que denuncien un mal social, sino frases descriptivas del mejor ejercicio, el del cerebro.
Así que la próxima vez que pasen por mi lado, y me critiquen por estar tirado en el sillón diciéndome: “eres un improductivo”, yo les responderé: “Improductivo tú, que trabajas”.
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