domingo, 17 de enero de 2010

¿Mesa que más aplauda?

Ya sé, seguramente después de leer esto algunos de ustedes me tacharan de persignado, de mocho, de intolerante fundamentalista reprimido. Así que prefiero ahorrarles los adjetivos y pasar a los motivos por los que, creo, el presente escrito más que una intentona de relajar o limitar el libido, es una manera desesperada, exasperada, simplemente alarmante de defender mis impulsos “cachondos” (con el perdón del barbarismo).
Por muy contradictorio que parezca, la idea de un table dance (a los que ahora en adelante me referiré como teibols porque me parece más adecuado) lejos de provocarme un aumento en mi actividad libidinal, me resulta francamente de flojera y poco atractiva. Veamos: Para empezar debo advertir que he ido a los teibols, si no fuese así me estaría atreviendo a emitir un juicio sin previo conocimiento de causa, y eso nomás no me agrada. He ido y en realidad cuando era un púber me encantaba la idea, es decir, más que la oportunidad de ver mujeres bailando y desnudándose, ir a un taibol resultaba atractivo por la emoción de violar la ley, de no presentar credencial porque parecía mayor, de actuar como cualquier viejillo morboso y, desde luego, sería hipócrita no decir que ver mujeres desnudas era parte de la transgresión al “estado de derecho” (que dicho sea de paso últimamente me cae en la punta del hígado, no porque no lo respete, sino porque no se respeta ni a sí mismo). Es cierto, mi temprana orfandad sexual me orillaba a ver fantasias amorosas en aquellas mujeres, no obstante falsas, huecas y más utilizadas para el viejo recurso onanista.
Pero de aquella emoción nada queda ahora, la idea de ira un teibol quedó enterrada para siempre cuando me di cuenta de varias cosas. Por ejemplo, que aun cuando la idea era ir a ver mujeres, lo que más veía en esos lugares era hombres, varones enajenados, sudorosos y con alta temperatura corporal, gente dispuesta a compartir la saliva disfrazada con un perfume más o menos similar entre bailarina y bailarina, más o menos barato, más o menos representativo de la derrota del espíritu de conquistador, ir a un teibol es como decir: “tengo la capacidad de seducir a alguien pero qué hueva, mejor pago por ello”.. Puedo ser muy holgazán pero, el juego de atrapar a la otra de manera que ambos queden enredados en un juego doloroso pero satisfactorio, no es comparable con la otra, con la idea de elegir quien te bailara desnuda, como si escogieras unos zapatos.
También está lo otro, el asunto del trabajo, yo sé que ellas son mujeres cumpliendo una antiquísima función, sé que ellas lo hacen porque chamba es chamba, pero alguna vez vi cómo una mujer joven era manoseada por un montón de borrachos que tocaban al mismo tiempo sus senos, su sexo, sus hombros, mientras besaban con su apestosa boca gran parte de su piel desnuda. Recuerdo su cara de hastío, de enfado, de asco, y me ví haciendo lo mismo, representando a esos sacerdotes de la lujuria poco delicada, brusca, estúpida, sacrificando encima de una mesa a esa damisela con cara de: ¡Guacala!.
Sí, es un hecho, prefiero ir a un bar y ver mujeres vestidas, imaginar qué es lo que hay debajo de la ropa, intentar descubrirlo, pero no como en el teibol sólo para ver, sino para ir explorando lo que hay escondido en su piel, recorrerla con las manos, con la nariz, y con la lengua más que con los ojos. Prefiero tener una amistad o un romance más que una relación de trabajo. Sé que esto de los teibols ha ido ganando aceptación, pero eso no es suficiente para mí, la idea de ver una mujer desvistiéndose más que desvistiéndola no me gusta. Prefiero verlas vestirse, prefiero conservar el morbo de ver cubrir su cuerpo y luego admirarlo así, insinuado. No me den la pulcra desnudes, prefiero la obscena presencia de su ropa, ¡Quiero conservar mi morbo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario