Sonrío o algo parecido, mejor dicho, en mi cara se dibuja una mueca que muestra los dientes fingiendo alegría, y no es porque yo sea una persona hipócrita o poco sincera, o que en realidad no me de gusto que frente a mí se acerque con paso apresurado Albertico, aquel compañero de la secundaria que siempre fue un burgués y antipático pero que conmigo se portaba muy bien. Pero es que cuando lo único que tengo que contar es que me comprado unos tenis nuevos, no me ilusiona la idea de que alguien con aire de triunfador me cuente de su afortunada vida.
- Apeiron qué gusto, ¿cómo has estado, ¿qué te has hecho?
Me pregunta mientras trato de mover mi quijada casi trabada para responder. Le cuento brevemente los pocos sucesos que han pasado desde la última vez que lo vi hace un par de meses y , desde luego, por mera cortesía le devuelvo la pregunta.
- ¿Y tú qué has hecho?
- Me fui de safari a África...
¡Chale!, mala idea corresponder con esa pregunta, seguramente me empezará a platicar de la selva, de su aventura y de los exóticos animales que vio. Como si por tener dinero fuera el único de vivir aventuras, como si el dinero le pusiera más interés a una gris existencia, y me refiero a la mía, desde luego, no a la de Albertico.
Y es que ¿qué diferencia hay entre un safari en África y una aventura en uno de los autobuses que a diario cruzan la ciudad?, en realidad muy poco, quizá el tiempo de viaje y de cansancio, pero en realidad treparte a un camión incrementa la dosis de adrenalina diaria que todo ser humano necesita.
Desde luego que no puedo comparar la exuberancia selvática con la de la metrópoli, o por lo menos con esta ciudad donde los árboles en efectos son grandes pero que permiten ver el sol. Sin embargo, y con todo el respeto que me merecen, no es raro toparte en la pecera con animales de diferentes actitudes que no son precisamente escamados: te encuentras leones llegando tarde a trabajar, víboras criticando a la hermosísima gacela que por no encontrar asiento tiene que soportar el acosos de insulsas hienas y chacales que pasan por detrás de ella tratando morbosamente de hincarle el diente.
A veces dentro de un camión, por los constantes arranques y frenos parece como si tuvieras que caminar por días, el sol en un autobús es tan agobiante que en la sabana parece una resolana, se puede ver a enormes elefantes cargando en sus brazos a sus pequeños hijos... Sí, lo sé los elefantes no cargan en los brazos, pero estos elefantes urbanos sí, cualquier peligro selvático es poco comparado con el volado que implica meterte entre un montón de gente malhumorada, sudorosa y a veces con necesidades que de vez en cuando se juega la vida frente a inmundos asaltantes peores que cualquier tribu aborigen poco amistosa, o político avorazado... En fin, ¿qué tiene que presumirme Albertico con su famosos safari. Vivo a diario lo que él pagó miles de pesos por experimentar unos días, y todo por no ser un burgués, por usar un pecero.
-¿Cómo ves?
Me pregunta mientras pongo cara de falsa admiración, - bien, y pensar que yo sólo tengo que cuidar mis tenis nuevos- Pobre Albertico, pobre vida aburrida.
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