domingo, 17 de enero de 2010

Sigue

Para Etna
No quiero presumir pero... tengo amigos, no tantos como muchas personas que conozco pero son buenos amigos. Desgraciadamente también tengo una vida laboral y cotidiana que no me permite verlos tan seguido como yo quisiese, algunos los conocí en la universidad y ya no puedo verlos, el mundo cambia y yo me fui, otros son de la prepa y les tocó ser ellos quienes se fueran. Pero de vez en vez procuro verlos aunque sea el fin de semana, y eso es triste, ¿en qué momento deje que el trabajo me quitara mis amigos?
De cualquier forma, el asunto es que cuando no tienes amigos las personas que ves a diario se convierten en tus mejores amigos. Cuando voy a comer (generalmente como en la casa de mi madre por comodidad y por ver a los viejos) me encuentro con un pequeño pariente, se llama Josú, en realidad se llama Joshua pero cuando aprendió a leer creyó que lo habíamos engañado toda su vida y que en realidad se llamaba “josua”, el nombre se redujo hasta Josú por la ñoñez propia de cualquier familia.
Bueno pues este niño es muy particular, creo que me odia, Pero en eso no radica su peculiaridad, de ser así habría más de algún peculiar y generalmente la gente que me odia no es extraordinaria, más bien bastante ordinaria... pero bueno ese tampoco es el tema, decía que este niño es bastante particular, tiene una imaginación que lo desborda todo. La semana pasada llegó muy tarde a comer, seguramente le tiempo pasó tan rápido jugando que no se dio cuenta, pero ya saben cómo somos de irresponsables los adultos, en cuento llegó al pobre niño se le caía el mundo encima, mi má, su má, todos encima de él preguntando tonterías como: ¿dónde andabas?, ¿por qué no venías?. Como si no supieran que las respuestas era en la calle y jugando. El pobre chico nos miró con sus pequeños ojos como si se hubieran vuelto dos discos compactos empotrados en lo alto de su cara, y dijo lo primero que se le vino a la mente, es que al cuatrojos (uno de sus mejores amigos que desde luego tomó su apodo por las gafas) se le perdió su perro y pues le ayudé a encontrarlo, pero resulta Pedro (otro de sus cuates) vio que la camioneta de la perrera se lo había llevado, estuvimos un ratote esperando pero resulta que al pobre perro se lo llevaron otros de otra camioneta., que porque decían que era suyo, eso lo supimos porque cuando estabamos a fuera de la perrera municipal esperando a que llegara la camioneta que llevaba al Negro (el perro), pero pues pasó la otra con estos dones (señores) y ya nos fuimos corriendo atrás de la camioneta hasta que lo alcanzamos, y pues les explicamos y ellos necios que no, hasta que les demostramos que era nuestro por una mancha blanca que tiene el Negro en la pata izquierda.
Y de pronto como siempre un adulto arruinó todo, “oye Josú, ¿y tú sabes dónde está la perrera municipal?”, la impertinencia de los mayores hizo bajar los colores del rostro de nuestro narrador. Todos echamos a reír y yo le pregunté al niño, “oye Josú ¿qué vas a hacer cuando se te acaben los cuentos?”, “pos seguir viviendo” contesto con una mirada de enojo que no olvido...
¡Qué respuesta!, nunca lo hubiera imaginado, cuando los cuentos se acaban la vida sigue, cuando dejamos de creer en lo demás sigue, cuando nos engañan tenemos que continuar por mucho que duela, cuando se van los amigos hasta un niñito sirve para seguir aprendiendo, cuando acabé de escribir, seguiré escuchando la voz de ese niño latoso que no me deja seguir contándoles, hasta luego.

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