Las etiquetas no sólo sirven para demostrar que la ropa tiene una marca cualquiera, tampoco son meras formulas de cortesía, ni indican solamente el precio de las cosas, las etiquetas son formas de vida, son lo que cada quien propone para mostrarse ante los demás. Hace poco alguien me preguntó qué onda conmigo, qué cual era mi rollo. La pregunta me hizo hacer una mueca extraña, misma que hizo que quien me preguntó mostrara una sonrisa muy rara. – tranquilo sólo quiero saber como eres- me dijo en un tono conciliador que a mi me hizo sentir francas ñañaras (lamento ser tan gráfico pero de verdad fue lo que sentí).
Y es que preguntar por la persona no sólo es preguntar por sus gustos y convicciones, sino preguntar por todas las etiquetas con las que me he quedado, con las que han resistido el paso del tiempo, con las cartas credenciales que presento, con las que quiero ser identificado.
Así que tomé mucho aire y dije: Soy Apeiron, soy escribidor, aprendiz de filósofo, admirador de las caricaturas, fanático de Radiohead, de Pink Floyd, seguidor de Tintan, del Santo, de Chicoché y de Rigo Tovar, bailador en Raves, profesor de preparatoria, solterón empedernido, lector de revistas, de filosofía, de narrativa, poesía y ensayo, escuchador de Café Tacuba, bebedor de café, cubas, cerveza y refrescos oscuros, comedor de donas, carnes y otros alimentos menos de pescado y jitomate crudo, veedor de obras de teatro, películas de Woody Allen, escéptico de fantasmas, extraterrestres y religiones, amante de las mujeres, vicioso de los diarios, las cantinas, y el roce con las pieles tersas, amigo de gente chida (porque a esa gente siempre se le prefiere cerca), ignorante aunque interesado en la física, utilizador de la química, esclavo del internet y de los celulares, soy existencialista, marxista, liberal, de izquierda, pragmático pero no tanto, fumador de tabaco, de clavo y de otras especias que duermen la lengua, mentiroso aunque sincero, admirador de los globos y las pompas de jabón a las que, por cierto, llamo burbujas, politiquero, desconfiado, entregado, flojo, astuto, distraído y un sin fin de etcéteras que no caben en esta plática ni aunque quisiera.
Me miró arqueando la ceja, y me dijo – demasiada información- se dio media vuelta y supuse que todo estaba perdido, mis etiquetas no fueron suficiente para impresionar a nadie pero sobre todo, no pudieron captar la atención del interlocutor(a) en cuestión. Mi ego se fue por los suelos... ella volteo y me dijo: ven vamos a la mesa. Me levanté del banco frente a la barra y fui con ella.
Me quedé petrificado, con una cara de tonto más clara que la que comúnmente tengo, acto seguido le pregunté qué era lo que le había llamado la atención de todo lo que dije. Ella bebió un sorbo de su vaso, sonrió y me dijo que no me equivocara, que al final de cuentas muchas veces lo único que importa es ser humano, que todo lo que había dicho eran mis poses, pero que la manera en que se dicen son mucho más importantes. Desde luego me ofendió, tanto tiempo confeccionando mis poses para que me las vengan a quitar así como así,. Pero creo que tiene razón, no soy mis etiquetas, soy sólo una forma de vivirlas.
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