domingo, 17 de enero de 2010

El mil máscaras

Máscara y persona tienen el mismo sentido en el teatro griego. La máscara representa lo que el actor quiere decir, expresa su intención, su papel, y su ubicación dentro de una trama que lo caricaturiza en una mueca particular. La alegría, la fiereza, la tristeza, el enojo, no son otra cosas que papeles que un actor representa, somos la máscara que hemos decidido ponernos.
Así, nosotros, personajes centrales de nuestra propia obra, misma que siempre esperamos comedia, en tanto que en ella todo termina bien, pero que en muchas ocasiones pintamos de tragedia porque... pues porque así somos qué le vamos a hacer, nos tomamos el dolor demasiado en serio, quizá porque duele.
Decía, nosotros nos ponemos todas las mañanas las personas que seremos, claro no sin llevar a cuesta nuestros otros personajes ya muy ensayados por el tiempo vivido.
Así, después de un delicioso despertar provocado por un perfecto sueño donde nosotros, el eterno protagonista, disfrutaba del entorno onírico mientras nos derramábamos. ¡Ahhh!, debo aclarar: tengo la extraña sensación que cuando soñamos y despertamos con una extraña cara de satisfacción, es porque en el sueño siempre hay un derrame, de cualquier tipo, en el sueño derramamos o desbordamos alegría, amor, dinero, manzanas, sexo, sonrisas, es el estado de plenitud que se derrama el que resulta satisfactorio en mis sueños. (nota importante: Sicólogos y siquiatras favor de abstenerse de hacer cualquier tipo de análisis de mi Psique, no me gusta que me desnuden si no estoy presente.). Bueno, pues después de ese placentero sueño, muchos de nosotros tenemos que llegar al trabajo con la cara más adusta que el cincel de la responsabilidad ha tallado para nosotros: ¡Archundia dónde esta el maldito reporte!, gritarán algunos mientras en medio de la cara se unen las dos cejas que mientras soñábamos no tenían el menor sentido.
Nos hemos dejado muchas veces olvidada en la casa la máscara de la sonrisa, nos hemos vuelto solemnes y hemos acumulado un montón de personas con cuales vestirnos. Y es que no ha sido cosa fácil, de niño no recuerdo más que dos o tres máscaras para el diario, y otra más para los domingos en misa.
Pero no crean, generalmente trato de utilizar en medida de lo posible la cara agradable, esa con la que mis pequeños ojos parecen inexistentes a causa de mi sonrisa. Es bonita esa máscara, no tanto por como luce, sino por el papel que me hace representar. Pero también es necesario entender que no siempre es la adecuada, que detrás de la máscara, del tipo jovial que se convierte en el centro de una conversación con amplias pretensiones, se esconde un inseguro ente que también es yo, que tiene miedo de salir porque, como los topos esos del juego de la feria o de las maquinitas, cada que sale recibe un golpe en la cabeza, mismo que lo hace regresar al oscuro hoyo de donde ha salido, ese que no tiene una máscara porque no puede salir, que concentra todo lo que el otro vive.
Así, mi archivista de sensaciones, ese que está trabajando todo el día en mi cabeza, organizando todas y cada una de mis máscaras, de mis personas, ese amargo Gutierritos, es también una persona que siente, que le duele y que disfruta con mis derrames oníricos.
Pero está condenada a ocultarse, a ver desde la oscuridad el reino de personas que el de afuera se pone, a ver sus mil máscaras hechizas, enviar al rostro las personas en el momento adecuado, a disfrazarse hasta en las palabras que escribe...
Ha entender que Kierkegaard tenia razón, que uno puede ser un gran seductor, pero muchas veces hueco, inexistente no por no existir, sino por fingir lo existido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario