Sufro la inmensa pena de tú extravío, siento el dolor profundo de tu partida...
(Lágrimas negras, bolero de Miguel Matamoros)
Yo, como muchos otros, acostumbro escribir mientras escucho música. En esta ocasión me toca escuchar algunos boleros cubanos, de esos que son puro ritmo y pasión, pero qué también son más lacrimógenos que cualquier tango.
Sólo son diferencias culturales las que permiten que el ritmo, la cadencia, y otros elementos musicales sean distintos. Pero el sentimiento es muy parecido en todas partes, una queja en ingles, francés, o alemán, sólo difieren entre sí en el idioma en el que son pronunciadas, pero el dolor es el mismo, la pena es igual, el hecho de ser humanos no cambia.
Y frecuentemente me he puesto a pensar que el motivo del dolor es, si bien distinto y particular como las vidas de quienes lo sienten, producido por un mismo evento: la ausencia. Explico, aunque debo advertir que en el intento de hacerlo voy a utilizar ciertas artimañas.
Cuando el dolor es físico (como cuando te das un martillazo en el dedo), la ausencia fue la de previsión o cuidado. Pero esos son los dolores que quizá menos duelen, y miren que lo dice un tipo que se cayó de una moto hace poco y que tiene el tobillo del tamaño de un tronco de ahuehuete.
Otros dolores, los de tipo fisiológico (como cuando te tienen que operar), son producidos por la ausencia de cierto elemento importante para el buen funcionamiento del cuerpo, una vitamina, proteína o algo...
Pero pasemos al dolor que, me parece, es el más fuerte, aquel que se produce por mera reafirmación de la propia ausencia, cuando sabes perfectamente que algo no está, que te duele el simple hecho de ver los espacios vacíos donde aquello que hechas de menos falta, cuando la memoria se vuelve tú peor enemiga porque a cada paso, en cada detalle, te encuentras con algo que te hace recordar aquello que perdiste.
Cuando pequeño fui de vacaciones a la playa, esa vez mis papás se quedaron en casa y nos mandaron con los tíos. Antes de ir le dije a mis papás que les encargaba al “Chilaquil” (un gato enorme y bello que hacia el papel de mi mascota), me despedí de él con un abrazo tan fuerte que el pobre peludo sólo atino a quejarse con un miau leve y, en cierta manera, cariñoso. Cuando regresé del viaje no encontré al chilaquil, mi má (lo siento pero así le digo a mi mamá) me dijo que la última vez que lo vio estaba fuera de la casa y un niño lo acariciaba, supongo que el chico no pudo más y se llevó a mi animal... era tan bonito. Desde luego no tengo que decir qué pasaba por mi cabeza cuando veía su caja de dormir y su plato en el pasillo, ¿verdad?.
Luego crecí y las ausencias se volvieron más grandes, sobre todo aquellas en que la ausencia corporal se combina con la mental, cuando no está ella y extraño cada parte de su cuerpo deslizándose sobre el mío, cuando no puedo escucharla, cuando se levanta y me dice: tengo que irme, ¡Cómo es posible sentirme tan solo cuando ella está aun en la misma habitación que yo!, pero así pasa, su ausencia es ese huequito que se siente entre mis brazos llenos de aire cuando no está, es el reclamo que hacen mis pies y mi cabeza porque no voy corriendo a buscarla.
Más tarde son las otras, las ausencias de los que ya no puedo ir a buscar, de los que recuerdo y no puedo echarles un telefonazo, la que se siente inmediatamente después de que el encargado de la carroza fúnebre cierra la puerta trasera sellando con eso la tumba, no la de ellos, sino de la alegría que producía verlos. La ausencia que no se para, que te deja vacío por siempre.
Siempre es dolorosa pues la ausencia, es más, como dije, creo que la ausencia es dolor mismo. Y no, hoy no hay final feliz, es así, sólo así. Sólo que ahora creo que no volveré a escuchar boleros cubanos en un buen rato...
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