martes, 19 de enero de 2010

No hay lluvia

A Yoyita, el amor de mi vida.
San Miguel de Allende, Guanajuato. Domingo 7 de septiembre de 2008. No llueve…
Creo que uno de los grandes censores de mi vida es el cine mexicano. Aprendí en sus melodramas que la vida es tan terrible que terminará doblegando casi cualquier espíritu y voluntad, menos el siempre masoquista hábito de sufrir. Entre las cosas que aprendí de las cursis películas en blanco y negro es que las lágrimas más nobles y varoniles que derrama un hombre son aquellas que llora cuando su madre muere. Lección nobilísima, que no había sido más que un referente moral hasta hoy.
Los detalles son innecesarios. Por eso mejor me ocupo no de su muerte, sino de su segura inmortalidad. Y lo digo por dos razones totalmente distintas: Si seguimos el férreo espíritu religiosos de mi madre la solución es fácil. Mi madre fue una creyente de eso que en el credo católico se describe como “un mundo futuro” y nadie creo que merezca más ir a disfrutar de eso en lo que creyó y por lo que vivió a lo largo de su vida.
Si nos arriesgamos a ver las cosas de mi ateísmo un tanto chafaldrón (mi madre me comparaba con Agustín de Hipona y a ella con Sta. Mónica) diré que tampoco puede morir. Mi madre vivirá en todo lo que soy, en las cosas que hago, en las que digo. Me heredó la costumbre de contar historias, de ver en la biblia algo más que un catálogo de reglas, sino una de las más hermosas obras literarias, que aborda la excelsitud y lo deleznable de la condición humana.
El día que ella murió fue nublado, y aunque no llovió si hubo rayos, porque ese día fue como ella. Como el trueno de su risa, sin el llanto de la lluvia.

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