Creo que la gente vive básicamente las mismas cosas, todos pensamos algunas veces algo y sólo son pequeñas variaciones lo que nos hacen verdaderamente diferentes. Es como la extraña relación interna que se presenta entre la comida y el hambre. El hambre es un asunto universal, y no sólo porque todos la sentimos, sino porque más que una carencia resulta una necesidad. Todos tenemos hambre por algún motivo, pero el motor principal es por necesidad de echar más combustible a esta máquina automotora que llamamos cuerpo. El hambre, pues, no es carencia de comida solamente, sino necesidad de alimento, es una alarma, alarma que dicho sea de pasó es desafortunadamente más prolongada en unos casos que en otros.
Así podemos recordar la, a veces repugnante, medianía ataráxica de Aristóteles y decir que no es bueno tener hambre, pero tampoco es bueno carecer de ella. O recordar a Sócrates con aquello de: “No hay mejor salsa que el hambre”.
Ahora vamos con los detalles: todos llegamos a tener hambre en algún momento, pero la forma de saciarla es distinta. Depende muchas veces de dónde vives, porque yo de pequeño no comía chop suey, porque eso es más de China, o tampoco comía tacos árabes, es más muchos árabes no los comían, porque eso es más poblano. Y así hay gente como yo que no le gusta la cátsup, o hay gente que no quiere comer carne, o pollo etc. etc. así que concluyamos. Hay distintas realidades, es decir, los diferentes tipos de comida, pero hay sólo una verdad… el hambre.
Y así pasa con muchas otras cosas, el amor, el odio, las ganas, el sexo, la música, etc. todos sentimos cosas así de vez en cuando o de vez en diario. Lo que cambia es la forma de expresarlo. Por eso quiero hablar de José Emilio Pacheco, uno de los hombres que ha podido describir de maneras muy precisas y hermosas los sentimientos que yo he tenido, que muchos hemos tenido, pero que no hemos podido cifrar de una manera ya no adecuada, sino bella, o al menos bonita.
José Emilio como yo, se enamoró de pequeño de una mujer mucho mayor. José Emilio como yo encuentra que el momento de la muerte de un pez es una incógnita, una incógnita tan particular como la del pez que muere, pero tan universal como la muerte. José Emilio como yo ve en los peces la desesperación de tener alas y no volar. José Emilio como yo ve en el lenguaje la materia de creación.
Y podría seguir diciendo oraciones que empezaran con:”José Emilio como yo…” porque siempre hay un vínculo, una unión una sospechosa complicidad que nadie planeó. Si fuera yo un new age creyente podría decir que el universo conspira para los humanos estemos conectados. Pues bien, el universo conspiró los últimos días para que yo hablara de José Emilio Pacheco. Pasaron en la tele la película de “Las batallas en el desierto”, fui a ver un puesto callejero de libros con la mujer que me presentó a José Emilio, y compré un libro de él que me llamó sin que yo lo pidiera, la revista “Tierra Adentro” tenía artículos sobre él. En fin, él y yo estamos conectados, como todos lo estamos por el universo. Porque José Emilio como yo tiene hambre, porque José Emilio como yo siente, porque José Emilio como todos es humano.
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