Fue re raro.
Resulta ser que sábado pasado fui a Guanajuato, claro a Cervantinear (verbo hechizo que significa asistir a Guanajuato en la época en que se lleva acabo el Festival Internacional Cervantino). Fiel a mi costumbre me perdí los eventos culturales y sólo fui a compartir con la gente el ambiente de bacanal tan característicos del evento.
Para empezar Guanajuato me recibió con un golpe, y es que siempre esa ciudad me recibe con alguna situación tremendamente contundente, creo que sí la ciudad genera pensamiento propio, piensa que es importante advertirme que llego a lo que llamo el “hard core guanajuatense”. Pues bien, el golpe del que hablo contó con la colaboración de mi torpeza. Resulta que entre el mar de gente que llegaba al cervantino yo tenía que apurar el paso para llegar a la casa de un amigo a dejar mis cosas, iba esquivando gente a paso veloz cuando de repente volteo a decirle algo aun amigo que me acompañaba. Antes tengo que ilustrarlos sobre un asunto particular. En época cervantina en Guanajuato ponen unas cabinas telefónicas portátiles que consisten en un panel con teléfonos de ambos lados y un techo muy bajito. Pues en, cuando volteé después de decirle algo a mi acompañante me ensarté con la esquina metálica del techo de las cabinas, el golpe me hizo sentir que la tierra bajo mis pies se movía, el silencio de la gente que me vio fue impresionante, casi como un grito de impresión… ¡Me he dado el seborucazo más grande en mucho tiempo! (Seborucazo: dícese del golpe recibido por bobo, es decir, por seboruco).
Después de abrir un poquito mi cabeza (con sangre y todo el elemento dramático), seguí apurando el paso, encontramos a mis amigos y destapamos unas cervezas, el tiempo iba pasando en una habitación con vista inmejorable, y con compañía harto agradable (faltó mi negrita pero bueno, no siempre se puede tener chance), poco a poco fueron llegando los antiguos compañeros de la uni. Digo no soy muy fan de los reencuentros, pero verlos ahí fue muy intenso, recordar y renovar información de gente que vive en Guanajuato, San Miguel de Allende, León, Texas, Memphis, Guadalajara fue además de interesante entrañable. Ver al Tomate, al Pancho, al Bro, Moch, la Panterita, al Nes, al Davo, al Bunbury, a la Heis, al Rolando, Richar, en fin a la banda pues. La noche transcurrió sin más novedad.
Pero llegó la madrugada, los vapores etílicos hicieron su efecto, como a la una de la mañana unos amigos fueron a la operación camote (dícese de de la expedición en busca de lejanas chelas) y unos policías sin más, sin preguntar les decomisaron unas cervezas, compradas con el dinero de la banda, cerradas (es decir, era imposible que se las estuvieran tomando en vía pública), y mal viajando al personal.
Bueno pasó, nos fuimos a un bar, estaba todo bien, fui por unos tacos, y de regreso una pareja tenía tremenda bronca, se separaron por un rato y luego se reencontraron, con un final nada placentero, llegaron a la casa y empezaron el show con ruptura de vidrios y todo (más drama por supuesto). Nadie durmió, todos terminamos haciendo alguna estupidez y yo amanecí solo, bueno no, amanecí con una chava que me coqueteaba y a la que yo pasaba de largo porque no estaba ni con ganas ni con sesos.
Por eso me gustan los ex sesos, ese momento en el que ya no piensas, haces todo en automático. Cómo ven no me fue bien, pero eso qué importa, vi a la flota y eso no se piensa, lo que se siente al verlos es suficiente, no hay seso que pueda comprender por qué valió la pena, por eso mejor desterrarlos temporalmente, dejarnos sin cerebro, volvernos ex sesos.
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