La moralidad del vencido es curiosa. Nadie en realidad desea perder: la derrota es algo terrible, la certeza de fallar evidencia la naturaleza imperfecta de los seres humanos. Sin embargo el vencido goza de cierta simpatía, los perdedores sienten la solidaridad de aquellos que sufren el tormento de la compasión.
Nietzsche plantearía la necesidad de cambiar la moralidad occidental, a la cual él llama o “de esclavos”, por la “de señores”, aquella en la cual los valores importantes no son la compasión y el amor por el enemigo (como propone el cristianismo) sino la victoria y la voluntad de vivir. Así, para Nietzsche aceptar cándidamente la derrota es un error, y va contra natura. Sin embargo el propio Nietzsche explica que la victoria sólo se logra a partir de la contrariedad. Quizá por eso nos solidarizamos con el vencido, porque a pesar de serlo esperamos pacientemente el tiempo de la revancha, de la victoria necesaria y natural.
Como fuese, la derrota genera solidaridad, y ejemplos hay miles: Arlequín siempre vence a Pierrot en busca del amor de colombina, aunque es un perdedor con traje de parches rómbicos absurdos. Pepe el Toro enarbola la derrota de toda una clase social que es pobre y le va mal. Por eso me declaro apasionado de los despojados, por eso le voy al León aunque a veces gane. Porque en el fondo cualquier ganador es un derrotado.
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