(Odisea canto décimo)
Apeiron Romero Torres
¿Por qué no seguí escribiendo el blog cada semana?
Pues bien…
Salí un 4 de octubre de la isla de Eolo, antes de salir, el que dirige los destinos de los navegantes, me dio un saco que mis acompañantes (los muy idiotas) abrieron… evidentemente lo que había dentro del saco eran sólo vientos que me iban a regresar a mi blog itacasense pero lo único que hicieron fue alejarme de él y regresarme a la casa de Eolo, quien lo menos que hizo fue pendejearme y correrme de su casa.
Anduvimos tristes y acongojados un rato, hasta que llegamos a otra isla, mande a mis compañeros a buscar un lugar donde pedir indicaciones de cómo llegar a mi casa (cosa extremadamente rara si tomamos en cuenta que el rol social del varón nos impide por muchos motivos pedir indicaciones de cómo llegar a donde vayamos. Pero sentía como si hubiese pasado mucho tiempo fuera de mi casa-blog, como diez años, como si hubiera estado luchando contra una ciudad amurallada, como si los esfuerzos del día a día fueran inútiles, como si levantarme todos los días para ir a la chamba fuera algo tedioso e inevitable y no la “misión de mi vida”. Me sentía Job, Sísifo, o lo que es lo mismo, me sentí de la chingada, perdón por el paréntesis tan largo). Después de un rato regresó uno de ellos, espantadísimo, chillón. Me habló de una casa con perros como lobos y leones, pero mansitos, mansitos. Que adentro les habían dado una mezcla de harina, queso y miel con otras yerbas (algo así como unas quesadillas con tortilla de harina, mielecita y condimentos). Me contó que los hombres que comieron de aquello de pronto de empezaron a poner gordos, peludos y encorvados, como si hubieran pasado muchos días de fiesta, y finalmente se convirtieron en cerdos (más pues, andando conmigo tendrían que ser bastante cerdos, pero aparte estos se volvieron puercos).
Llegué a la casa de la pelirroja de trenzotas adecuadamente informado y buscando venganza, ella intentó convertirme en cerdo también (más pues), pero tomé mi espada y me le fui encima, cara a cara, tocando la punta de la espada plateada uno de sus pezones, y con el codo del otro brazo tocaba la redondez de la circunferencia del otro seno, ella recorrió con su mano temblorosa la funda alojada en el muslo, y le prometí que si de decía cómo regresar a mi blog me iría a la cama con ella… ella estuvo de acuerdo y sus esclavas vinieron para lavarme antes de ir a arremeter contra la pelirroja grandota.
Así pasó todo este tiempo, cuando me sentí culpable de toda aquella fiesta le dije a aquella reina que muchas gracias pero que me tenía que ir, recogí mis calzones, me llevé a rastras a toda mi tripulación de amigos y finalmente me fui…
Les contaría todo lo demás, pero eso fue sólo cuestión de trámite, bajar al infierno, ver a mis seres queridos muertos y no poder darles el producto de mi sacrificio, volver al blog y el resto ya lo saben,
Epílogo: mi vida rutinaria (aunque como diría Oscar Plazola: el rutinario soy yo) y mi vida festiva (aunque a veces la fiesta se vuelve rutina) me ha impedido escribir y me ha hecho entender que si bien escribir es un vicio que se vuelve hábito, tampoco es bueno hablar cuando no se tiene qué decir, ahora que vuelvo me he dado cuenta de muchas cosas (entre otras que el dinosaurio aun está ahí) y apeiron-odiseo vuelve (por lo pronto) a su blog-itaca.
PD. Espero que si algo como Homero existe me perdone.
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