martes, 19 de enero de 2010

Sorpresa, sorpresa

Estoy enfermo…. Y ustedes dirán “¿y eso a mí qué?” Pues resulta que por esa enfermedad me han puesto en régimen alimenticio. Y quizá algunos de ustedes vuelvan a tener cara de interrogación ante mi nueva y un tanto difícil confesión. Pero resulta que llevar una “dieta” es más que difícil, un acto de mal gusto, una falta de consideración, resulta un atentado ante el sentimiento de asombro. Y eso si nos debe de preocupar a todos.
Desde luego no estoy diciendo que ponerse en régimen alimenticio sea malo. Sobre todo tomando en cuenta las últimas campañas televisivas, y los últimos datos brutales que afirman que, de seguir así, el Estado mexicano se vendría abajo económicamente debido a que el sistema de salud nacional al tratar todas las enfermedades producidas por la obesidad y la desnutrición. Sobre esto último cabe señalar que tampoco es una sorpresa teniendo en cuenta el nivel de vida de los mexicanos y nuestro ancestral gusto por la comida que no nutre, pero que está harto sabrosa. Pero repito, no estoy en contra de que te pongan una dieta por sobrepeso o por enfermedad, o por simple cuestión estética. Está bien, sigamos bajando de peso, eso es bueno, sólo que…
Antes llegaba a mi casa y pensar en qué iba a consistir el menú del día resulta todo una aventura. Ir al súper o a la carnicería era enamorarme y sorprenderme de las verduras, los lácteos, los cortes de carne, las especias, las salsas, y un sinfín de etc. que, cuando tienes hambre, es un placer. Siempre me ha gustado pensar que tenemos la ventaja de que una necesidad fisiológica como comer también sea un arte, pasar los sabores por la lengua es un verdadero placer y elegir un nuevo platillo es sorprendente. Pero ahora, tengo una hojita pegada al refri y por fuerza de costumbre ya sé lo que voy a comer cada día, y huelga decir que eso no me sorprende. Comer se me ha vuelto un acto de la memoria.
Y aunque eso me preocupa hay cosas que me preocupan más, la falta de capacidad de asombro, la tremenda apatía que junto con lo de la comida se presenta en estos días, ya muchas cosas no conmueven ni sorprenden. Día tras día escucho en la televisión un número más grande de ejecuciones por causa del narcotráfico, al principio sólo eran unos cuantos, y me sorprendían, me ofendían, pero a fuerza de repetición, de saturación, se ha vuelto una información común, cada vez me sorprende (nos sorprende) menos, me deshumaniza. También ver el dolor que cusa la miseria es terrible, debería sorprendernos pero no lo hace: o vives en la miseria y ya te acostumbraste, o vives menos miserable y ya perece no importarnos la suerte de los demás. La ciencia avanza a pasos agigantados, pero ya no nos ocupa los grandes descubrimientos, a lo mucho nos sorprenden los aparatos tecnológicos que produce la ciencia, pero no por avanzados, sino por los diseños (yo no sé ni cuál es la magia de mi celular, pero es negro y puedo escuchar música en él). Ya ni siquiera nos sorprende que el clima cambie porque el mundo se nos acaba… se acabó el asombro, la sorpresa.
Sin embargo no puedo ser tan pesimista. Podría (y lo haré) hacer una lista de cosas que me sorprenden: Que la comida aunque aburrida pueda darle más sabor con un poco de ingenio. Que mis sobrinos puedan reírse de cualquier cosa (hasta se sorprenden del chavo del ocho). Me sorprende que a pesar de todo sigan naciendo flores. Me sorprende que aun haya cosas que podamos aprender. Me sorprende Ella, me sorprende quererla tanto. Me sorprende que la gente se deje engañar y que aun haya otros que sigan luchando. Me sorprenden los humanos, su necedad de sentirse conmovidos, quizá es eso lo que nos vuelve seres humanos, y eso es de por sí ya sorprendente… ahhh y lo que me regalan en mi cumpleaños.

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