Madrazo es una palabra que suena fuerte no por pocas razones: por una parte es la combinación de una palabra tan importante que refiere a una mujer que ha generado un ser humano. Y por otra parte el sufijo “azo” implica un golpe, pero no uno cualquiera, sino uno verdaderamente fuerte, memorable por la huella dejada en la piel, huesos, articulaciones varias o cualquier parte de cuerpo que por el momento olvide.
Y la vida está llena de esos madrazos, de golpes que dejan huella. Aunque desde luego también aquellos metafóricos que son morales, psicológicos, anímicos, etc. los encontramos en varias formas, texturas y materiales. Los hay desde aquellos que recibí cuando era niño y los otros, que perdieron el partido de fut, no supieron aceptar el madrazo de la derrota. O los que me dieron por bocón y borracho en una fiesta a la que no fui invitado, pero en la que disfrute los golpes de alcohol hasta exagerar. El de la primera decepción amorosa, el de los fracasos académicos o laborales. Los miles que da la realidad cuando alcanza a la fantasía.
Pero la vida vale la pena por ellos, porque también generan conciencia de estar vivo. Nacer es un madrazo, un trauma creado por dejar la comodidad del vientre materno, dejar la cálida oscuridad inundada de líquido amniótico. Llegar a la vida es sentir el rigor de la vida misma, recibir un madrazo inesperado, el primero de muchos, que nos harán vivir.
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