En el diálogo la República de Platón se expone, entre otras cosas, que la sociedad debía formarse por tres clases sociales: los gobernantes, los militares y los artesanos, está última clase social es la más numerosa pero es igualmente de importante. Se dice que son el hambre de la república, es decir que son los encargados de sostener a la Polis saciando lo elemental, el alimento. Y es que producir alimentos es una función fundamental, y dura, muy dura. Trabajar cultivando la tierra, rompiendo el terreno para poder sembrar, cuidando, criando animales, enfrentándote a la naturaleza que es frecuentemente caprichosa es un trabajo generador del ser humano, pero tremendo. Pocas personas me parecen tan dignas de respeto que quien se encarga de trabajar con la tierra.
La domesticación de la producción de alimentos, (la agricultura y la ganadería) es la primera muestra y quizá la más grande muestra de la capacidad humana. A diferencia de otras especies menos evolucionadas el ser humano es capaz de hacer que la tierra rinda frutos de manera planeada, intencional. El trabajo apegado a la tierra nos distancia de los seres meramente salvajes, nos humaniza.
A pesar de la nobleza que implica el trabajo del campo no es un trabajo particularmente deseado por los hombres. Es un trabajo arduo y difícil, recordemos que en el génesis se sugiere que es un castigo divino por la naturaleza desobediente de los seres humanos. Por eso la nobleza y el refinamiento no gustan del trabajo de campo.
En alguna versión del mito en el que Heracles tiene que cumplir doce misiones Heracles conoce a Anteo, un titán que no podía ser derrotado mientras estuviera en contacto con Gea (su madre, la tierra), a quién Heracles tiene que robar sus manzanas. Cierta interpretación del mito es la siguiente: Anteo es un hombre rudo, bárbaro, quien tiene un apego a la tierra. El bruto representa el hombre que tiene que hacer el trabajo rural, el de la tierra, y por lo tanto es bárbaro. Heracles es el hombre que lo vence. El hombre fuerte, de guerra que se antepone a la barbarie y la supera.
Precisamente por eso el hombre se aleja de la tierra, de la naturaleza, rehúye frecuentemente el trabajo duro del campo. El problema se vuelve más grande cuando por ese alejamiento de la tierra el hombre no produce. La tierra es una madre sensible, pero ha sido olvidada, hemos venido la tierra pero no para que produzca, sino para construir, lo que no está mal, pero no nos permite recordar que necesitamos comer.
El hombre deberá volver a la tierra, el trabajo antes evitado tendrá que ser fomentado, el refinamiento se dejará de lado y la necesidad básica del ser humano hará otra vez patente lo que es más que evidente. Sin Maíz (o frijol, o arroz…) no hay país.
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